La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual por medio de la gracia de Dios alcanzamos la santidad, tendrá su cumplimiento solo en la gloria del cielo, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, y junto con la humanidad también toda la creación, que está íntimamente unida al hombre y por medio de él alcanza su fin, será perfectamente restablecida en Cristo.
Cristo, en efecto, elevado sobre la tierra, atrajo a todos a sí; resucitado de entre los muertos, envió sobre los discípulos su Espíritu vivificante y por medio de él constituyó su cuerpo, la Iglesia, como sacramento universal de salvación; sentado a la diestra del Padre, obra incesantemente en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y por medio de ella unirlos más íntimamente a sí y hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su Cuerpo y su Sangre.
Por tanto, la restauración prometida, que esperamos, ha comenzado ya en Cristo, es llevada adelante con el envío del Espíritu Santo y continúa por medio de él en la Iglesia, en la cual mediante la fe somos instruidos también sobre el sentido de nuestra vida temporal, mientras cumplimos, en la esperanza de los bienes futuros, la misión que nos ha sido confiada en el mundo por el Padre y realizamos nuestra salvación.
Ya ha llegado, pues, para nosotros el fin de los tiempos y ha quedado irrevocablemente establecida la renovación cósmica y de cierto modo real se ha anticipado en la fase actual: en efecto, la Iglesia ya ahora en la tierra está adornada de verdadera santidad, aunque imperfecta.
Sin embargo, hasta que no haya cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales tenga estable morada la justicia, la Iglesia peregrina, en sus sacramentos y en sus instituciones, que pertenecen al tiempo presente, porta la imagen pasajera de este mundo y vive entre las criaturas que gimen y sufren hasta ahora en dolores de parto y esperan la revelación de los hijos de Dios.

De la Constitución dogmática «Lumen gentium» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la Iglesia