«Él es nuestra paz, el que hizo de dos un solo pueblo» (Ef 2, 14). Pensando que Cristo es la paz, demostraremos que llevamos dignamente el nombre de cristianos si, por medio de esa paz que está en nosotros, expresamos a Cristo con nuestra vida. Él mató la enemistad (cf. Ef 2, 16), como dice el Apóstol. No debemos, por tanto, permitir de ninguna manera que ella vuelva a la vida en nosotros, sino mostrar claramente que está del todo muerta. No la resucitemos de nuevo después de que ha sido matada por Dios para nuestra salvación, no nos enojemos en ruina de nuestras almas y no traigamos a la memoria las injurias sufridas, no cometamos el error de devolver a la existencia a aquella que, afortunadamente, ha extinguido.
Puesto que poseemos a Cristo que es la paz, así matemos la enemistad para practicar en nuestra vida la fe en él.
Él derribó en sí mismo el muro que separaba a los dos hombres, hizo de ellos uno solo, restableciendo la paz no solo con aquellos que nos combaten desde fuera, sino también con aquellos que suscitan contiendas en nosotros mismos. Así, la carne no podrá tener ya deseos contrarios al espíritu y el espíritu deseos contrarios a la carne, sino que la prudencia de la carne estará sujeta a la ley divina. Entonces, reconstituidos en un hombre nuevo y amante de la paz y, de dos, hechos un solo hombre, nos haremos morada de la paz.
La paz es la concordia entre dos seres opuestos. Por tanto, ahora que ha sido eliminada la guerra interna de nuestra naturaleza, cultivemos en nosotros la paz; entonces nosotros mismos nos haremos paz y demostraremos que este apelativo de Cristo es verdadero y auténtico también en nosotros.
Cristo es la verdadera luz, alejada de toda mentira. Aprendamos de esto que también nuestra vida debe ser iluminada por los rayos de la verdadera luz. Los rayos del sol de justicia son las mismas virtudes que resplandecen y nos iluminan porque rechazamos las obras de las tinieblas y caminamos honestamente como a la luz del día (cf. Rm 13, 13). Detestemos el actuar clandestino y tenebroso y operemos todo a la luz del día, y así también nosotros nos haremos luz y, como es propio de la luz, iluminaremos a los demás mediante nuestras buenas obras.
Cristo es nuestra santificación, por eso abstengámonos de las acciones y de los pensamientos malvados e impuros. Así nos mostraremos verdaderamente partícipes de su nombre y manifestaremos la fuerza de la santidad no solo con palabras, sino también con las obras.

San Gregorio de Nisa, obispo
Del tratado «El ideal perfecto del cristiano»