Veo aquí la alegre y diligente asamblea de los santos, que, invitados por la bienaventurada y siempre Virgen Madre de Dios, han acudido con prontitud. Por lo tanto, aunque oprimido por una gran tristeza, sin embargo, el ver aquí a estos santos padres me ha traído gran alegría. Ahora se ha cumplido entre nosotros aquella dulce palabra del salmista David: «¡Cuánto es bueno y agradable que los hermanos vivan juntos!» (Sal 132, 1).
Te saludamos, por lo tanto, o santa y mística Trinidad, que nos has reunido a todos en esta iglesia de la santa Madre de Dios, María.
Te saludamos, o María, Madre de Dios, venerable tesoro de toda la tierra, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, cetro de la recta doctrina, templo indestructible, morada de Aquel que no puede ser circunscrito por ningún lugar, madre y virgen a la vez, por la cual en los santos evangelios es llamado «Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mt 21, 9).
Salve, o tú que has recibido en tu vientre virginal a Aquel que es inmenso e infinito. Por ti la santa Trinidad es glorificada y adorada. Por ti la preciosa cruz es celebrada y adorada en cada rincón de la tierra. Por ti los cielos se regocijan. Por ti los ángeles y los arcángeles se alegran. Por ti los demonios son puestos en fuga. Por ti el diablo tentador es precipitado del cielo. Por ti la criatura caída es elevada al cielo. Por ti todo el género humano, esclavo de la idolatría, ha llegado al conocimiento de la verdad. Por ti los creyentes llegan a la gracia del santo bautismo. Por ti viene el óleo de la alegría. Por ti han sido fundadas las iglesias en todo el universo. Por ti los pueblos son conducidos a la penitencia.
¿Y qué decir más? Por ti el unigénito Hijo de Dios resplandece como luz «a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte» (Lc 1, 79). Por ti los profetas han profetizado. Por ti los apóstoles han predicado al mundo la salvación. Por ti los muertos han resucitado. Por ti los reyes reinan en el nombre de la santa Trinidad.
¿Y qué hombre podría celebrar de manera adecuada a María, digna de toda alabanza? Ella es madre y virgen. ¡Oh maravilla! Este milagro me lleva al asombro. ¿Quién ha oído jamás que al constructor se le prohibiera habitar en el templo que él mismo ha edificado? ¿Quién puede ser reprendido por el hecho de que llama a su sierva a serle madre?
He aquí que todo está en la alegría. Que nos toque a nosotros venerar y adorar la divina Unidad, temer y servir a la individual Trinidad, celebrando con alabanzas a la siempre Virgen María, que es el santo templo de Dios, y a su Hijo y esposo sin mancha, pues a él va la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

De la «Homilía pronunciada en el concilio de Efeso» de san Cirilo de Alejandría, obispo