Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y lo que nuestras manos han tocado del Verbo de la vida (cf. 1 Jn 1, 1). ¿Quién toca con las manos el Verbo, si no es porque el Verbo se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros? (cf. Jn 1, 14).
El Verbo que se hizo carne, para poder ser tocado con la mano, comenzó a ser carne de la Virgen María; pero no comenzó entonces a ser Verbo, porque está escrito: «Lo que era desde el principio». Ved si la carta de Juan no confirma su evangelio, donde ahora habéis oído: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios» (Jn 1, 1).
Quizá alguien toma la expresión «Verbo de la vida» como si se refiriera a Cristo, pero no al cuerpo de Cristo tocado con la mano. Pero prestad atención a lo que se añade: «La vida se ha hecho visible» (1 Jn 1, 2). Es Cristo, pues, el Verbo de la vida.
¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero aún no se había manifestado a los hombres; se había manifestado a los ángeles y era como su alimento. Pero ¿qué dice la Escritura? «El hombre comió el pan de los ángeles» (Sal 77, 25).
Pues la misma vida se ha hecho visible en la carne; se ha manifestado para que lo que solo puede ser visto por el corazón llegara a ser visible también para los ojos y sanara los corazones. Solo con el corazón, en efecto, puede ser visto el Verbo, la carne, en cambio, también con los ojos del cuerpo. Se cumplía, pues, también la condición para ver el Verbo: el Verbo se hizo carne, para que pudiéramos verlo y fuera sanado en nosotros aquello que nos hace posible ver el Verbo.
Dijo: «Nosotros damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible» (1 Jn 1, 2), es decir, se ha hecho visible entre nosotros; o mejor, se nos ha manifestado.
«Lo que hemos visto y oído, eso también os lo anunciamos» (1 Jn 1, 3). Comprenda bien vuestro amor: «Lo que hemos visto y oído, eso también os lo anunciamos». Ellos vieron al Señor mismo presente en la carne y oyeron las palabras de la boca del Señor y nos lo anunciaron. También nosotros, por tanto, hemos oído, pero no hemos visto.
¿Somos, pues, menos afortunados que los que han visto y oído? ¿Y por qué añade entonces: «Para que también vosotros estéis en comunión con nosotros»? (1 Jn 1, 3). Ellos han visto, nosotros no, y, sin embargo, estamos en comunión, porque tenemos una fe común.
Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestra alegría sea perfecta (cf. 1 Jn 1, 3-4). Afirmar la plenitud de la alegría en la misma comunión, en el mismo amor, en la misma unidad.
De los «Tratados sobre la primera carta de Juan» de san Agustín, obispo
El Verbo que se hizo carne, para poder ser tocado con la mano, comenzó a ser carne de la Virgen María; pero no comenzó entonces a ser Verbo, porque está escrito: «Lo que era desde el principio». Ved si la carta de Juan no confirma su evangelio, donde ahora habéis oído: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios» (Jn 1, 1).
Quizá alguien toma la expresión «Verbo de la vida» como si se refiriera a Cristo, pero no al cuerpo de Cristo tocado con la mano. Pero prestad atención a lo que se añade: «La vida se ha hecho visible» (1 Jn 1, 2). Es Cristo, pues, el Verbo de la vida.
¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero aún no se había manifestado a los hombres; se había manifestado a los ángeles y era como su alimento. Pero ¿qué dice la Escritura? «El hombre comió el pan de los ángeles» (Sal 77, 25).
Pues la misma vida se ha hecho visible en la carne; se ha manifestado para que lo que solo puede ser visto por el corazón llegara a ser visible también para los ojos y sanara los corazones. Solo con el corazón, en efecto, puede ser visto el Verbo, la carne, en cambio, también con los ojos del cuerpo. Se cumplía, pues, también la condición para ver el Verbo: el Verbo se hizo carne, para que pudiéramos verlo y fuera sanado en nosotros aquello que nos hace posible ver el Verbo.
Dijo: «Nosotros damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible» (1 Jn 1, 2), es decir, se ha hecho visible entre nosotros; o mejor, se nos ha manifestado.
«Lo que hemos visto y oído, eso también os lo anunciamos» (1 Jn 1, 3). Comprenda bien vuestro amor: «Lo que hemos visto y oído, eso también os lo anunciamos». Ellos vieron al Señor mismo presente en la carne y oyeron las palabras de la boca del Señor y nos lo anunciaron. También nosotros, por tanto, hemos oído, pero no hemos visto.
¿Somos, pues, menos afortunados que los que han visto y oído? ¿Y por qué añade entonces: «Para que también vosotros estéis en comunión con nosotros»? (1 Jn 1, 3). Ellos han visto, nosotros no, y, sin embargo, estamos en comunión, porque tenemos una fe común.
Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestra alegría sea perfecta (cf. 1 Jn 1, 3-4). Afirmar la plenitud de la alegría en la misma comunión, en el mismo amor, en la misma unidad.
De los «Tratados sobre la primera carta de Juan» de san Agustín, obispo