Jesucristo es nuestro pontífice, su precioso cuerpo es nuestro sacrificio, que él inmoló sobre el altar de la cruz por la salvación de todos los hombres.
Su sangre, derramada por nuestra redención, no era sangre de becerros ni de cabras, como en la antigua ley, sino del inmaculado cordero Jesucristo, nuestro Salvador.
El templo en el que nuestro pontífice celebraba el sacrificio no había sido construido por mano de hombre, sino únicamente por el poder de Dios. En efecto, él derramó su sangre ante el mundo, que verdaderamente es el templo construido solo por la sola mano de Dios.
Pero este templo tiene dos partes: una es la tierra, que nosotros habitamos ahora; la otra parte es aún desconocida para nosotros, los mortales.
Y él inmoló el sacrificio primero aquí en la tierra, cuando soportó una muerte sumamente amarga, y luego, cuando, revestido con la nueva vestidura de la inmortalidad, entró con su propia sangre en el santuario, es decir, en el cielo. Aquí presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor que había derramado abundantemente por todos los hombres esclavos del pecado.
Este sacrificio es tan agradable y acepto a Dios, que él no puede menos de – apenas lo mira – tener piedad de nosotros y donar su misericordia a todos aquellos que verdaderamente se arrepienten.
Además, es un sacrificio eterno. Es ofrecido no solamente cada año, como ocurría con los judíos, sino cada día para nuestra consolación, e incluso, en cada hora y momento, porque de él tenemos un fortísimo auxilio. Por eso el Apóstol añade: «después de haber obtenido para nosotros una redención eterna» (Heb 9, 12).
De este santo y eterno sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que están verdaderamente contritos y hacen penitencia de los pecados cometidos, y que están firmemente decididos a no volver a sus vicios, sino a perseverar con constancia en la búsqueda de la virtud. Esto es lo que enseña el apóstol san Juan con estas palabras: «Hijos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, tenemos un abogado junto al Padre, a Jesucristo justo. Y él es propiciación por nuestros pecados; no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn 2, 1).
Su sangre, derramada por nuestra redención, no era sangre de becerros ni de cabras, como en la antigua ley, sino del inmaculado cordero Jesucristo, nuestro Salvador.
El templo en el que nuestro pontífice celebraba el sacrificio no había sido construido por mano de hombre, sino únicamente por el poder de Dios. En efecto, él derramó su sangre ante el mundo, que verdaderamente es el templo construido solo por la sola mano de Dios.
Pero este templo tiene dos partes: una es la tierra, que nosotros habitamos ahora; la otra parte es aún desconocida para nosotros, los mortales.
Y él inmoló el sacrificio primero aquí en la tierra, cuando soportó una muerte sumamente amarga, y luego, cuando, revestido con la nueva vestidura de la inmortalidad, entró con su propia sangre en el santuario, es decir, en el cielo. Aquí presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor que había derramado abundantemente por todos los hombres esclavos del pecado.
Este sacrificio es tan agradable y acepto a Dios, que él no puede menos de – apenas lo mira – tener piedad de nosotros y donar su misericordia a todos aquellos que verdaderamente se arrepienten.
Además, es un sacrificio eterno. Es ofrecido no solamente cada año, como ocurría con los judíos, sino cada día para nuestra consolación, e incluso, en cada hora y momento, porque de él tenemos un fortísimo auxilio. Por eso el Apóstol añade: «después de haber obtenido para nosotros una redención eterna» (Heb 9, 12).
De este santo y eterno sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que están verdaderamente contritos y hacen penitencia de los pecados cometidos, y que están firmemente decididos a no volver a sus vicios, sino a perseverar con constancia en la búsqueda de la virtud. Esto es lo que enseña el apóstol san Juan con estas palabras: «Hijos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, tenemos un abogado junto al Padre, a Jesucristo justo. Y él es propiciación por nuestros pecados; no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn 2, 1).
Del «Comentario a los salmos» de san Juan Fisher, obispo y mártir