Jesús toma un cuerpo para hacerse semejante a nosotros
El Verbo de Dios, como dice el Apóstol, «de la estirpe de Abraham se hizo. Por lo cual, en todo se hizo semejante a sus hermanos» (Heb 2,16.17) y tomó un cuerpo semejante al nuestro. Por esto María tuvo su existencia en el mundo, para que de ella Cristo tomara este cuerpo y lo ofreciera, en cuanto suyo, por nosotros.
Por eso la Escritura, cuando habla del nacimiento de Cristo, dice: «Lo envolvió en pañales» (Lc 2,7). Por esto fue dicha bienaventurada la matriz de la que tomó la leche. Cuando la madre dio a luz al Salvador, él fue ofrecido en sacrificio.
Gabriel había dado el anuncio a María con cautela y delicadeza. Pero no le dijo simplemente el que nacerá en ti, para que no se pensara en un cuerpo ajeno a ella, sino: de ti (cf. Lc 1,35), para que se supiera que el que ella daba al mundo tenía origen precisamente de ella.
El Verbo, habiendo asumido en sí lo que era nuestro, lo ofreció en sacrificio y lo destruyó con la muerte. Luego nos revistió de su condición, según lo que dice el Apóstol: Es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad y que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad (cf. 1 Cor 15,53).
Sin embargo, esto no es cierto un mito, como algunos van diciendo. Lejos de nosotros tal pensamiento. Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre y de ello vino la salvación de toda la humanidad. De ninguna manera nuestra salvación puede decirse ficticia. Él salvó al hombre entero, cuerpo y alma. La salvación se realizó en el mismo Verbo.
Verdaderamente humana era la naturaleza que nació de María, según las Escrituras, y real, es decir, humano, era el cuerpo del Señor; verdadero, porque del todo idéntico al nuestro; de hecho, María es nuestra hermana, ya que todos tenemos origen en Adán.
Lo que leemos en Juan «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), tiene, pues, este significado, ya que se interpreta como otras palabras similares.
Está escrito, en efecto, en Pablo: Cristo por nosotros se hizo él mismo maldición (cf. Gal 3,13). El hombre, en esta íntima unión del Verbo, recibió una riqueza enorme: de la condición de mortalidad se hizo inmortal; mientras estaba ligado a la vida física, se hizo partícipe del Espíritu; aunque hecho de tierra, ha entrado en el reino del cielo.
Aunque el Verbo haya tomado un cuerpo mortal de María, la Trinidad ha permanecido en sí misma tal como era, sin clase de adiciones o sustracciones. Ha permanecido absoluta perfección: Trinidad y única divinidad. Y así en la Iglesia se proclama un solo Dios en el Padre y en el Verbo.
San Atanasio, obispo