Tras la muerte de Vratislao, los bohemios le dieron por sucesor a su hijo Wenceslao. Por gracia de Dios, este era ejemplar en la práctica de la fe. Beneficiaba a los pobres, vestía a los desnudos, daba de comer a los hambrientos, acogía a los peregrinos, tal como lo exige el Evangelio. No toleraba que se hiciera injusticia a las viudas, amaba a todos los hombres, fueran pobres o ricos, socorría a los ministros de Dios y embelleció también muchas iglesias. No obstante, se convirtió en señal de contradicción y de odio en aquel grupo de bohemios que estaba cegado por la ambición. Estos incitaron al hermano menor Boleslao diciéndole: «Tu hermano Wenceslao trama con la madre y sus hombres para matarte».
Aconteció que un domingo, fiesta de los santos Cosme y Damián, Wenceslao se dirigió a la ciudad de AltBunzlau. Tenía, en efecto, la costumbre de ir a las distintas ciudades cuando se celebraban fiestas particulares. De hecho, no faltaba nunca cuando se celebraba la dedicación de las iglesias.
En aquella ocasión, pues, después de haber participado en el sacrificio eucarístico, quería regresar a Praga, pero Boleslao lo retuvo, con perversa intención, diciendo: «¿Por qué quieres irte tan pronto, hermano?».
Al día siguiente, al alba, sonaron las campanas para la oración de la mañana.
Wenceslao, al oírlas, exclamó: «Alabado seas, Señor, porque me has dado vida hasta este día». Boleslao, ya emboscado en la puerta, lo alcanzó. Wenceslao lo vio y le dijo: «Hermano, hasta ayer te mostrabas conmigo como un humilde servidor!». Pero el otro, bajo la sugestión del diablo, que le pervertía el corazón, desenvainada la espada, le respondió: «Y ahora quiero ser mejor». Dicho esto, lo golpeó en la cabeza con la espada. Wenceslao entonces, mirándolo a la cara, gritó: «¿Pero qué haces, hermano?», y agarrándolo lo derribó al suelo. Acudió, sin embargo, uno de los consejeros de Boleslao, que golpeó a Wenceslao en una mano. Herido en la mano, soltó la presa de su hermano y huyó hacia la iglesia. Pero otros dos malvados lo persiguieron y lo mataron en la puerta. Un cuarto, por fin, lo atravesó de lado a lado en el costado. Wenceslao exhaló pronto el último aliento, exclamando: En tus manos, Señor, encomiendo mi alma (cf. Sal 30, 6).

De la primera «Narración» paleoeslava
(Ed. M. Weingart, Praga 1934, 974-983)