En los sacrificios de las víctimas materiales, que la misma santísima Trinidad, único verdadero Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, mandaba que nuestros padres ofrecieran, se prefiguraba el donatísimo sacrificio con el cual el único Hijo de Dios habría de ofrecerse misericordiosamente a sí mismo por nosotros.
Él, en efecto, según la enseñanza del Apóstol, «se entregó a sí mismo por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de olor agradable» (Ef 5, 2). Él es verdadero Dios y verdadero pontífice, que ha entrado por nosotros en el santuario no con la sangre de toros y de machos cabríos, sino con su propia sangre. Y esto significaba entonces aquel pontífice que cada año entraba en el Santo de los santos con la sangre de las víctimas.
Éste, pues, es aquel que en sí solo ofreció todo lo que sabía ser necesario para el cumplimiento de nuestra redención, él que es al mismo tiempo sacerdote, sacrificio, Dios y templo: sacerdote, por medio del cual somos reconciliados; sacrificio que nos reconcilia; Dios a quien somos reconciliados; templo en el cual somos reconciliados. Sin embargo, como sacerdote, sacrificio y templo era hombre, y solo porque Dios operaba estas cosas en cuanto hombre. En cambio, como Dios no era una sola Persona, porque el Verbo realizaba las mismas cosas con el Padre y el Espíritu Santo. Cree, pues, con fe firmísima y no dudes en absoluto de que el mismo Unigénito Dios, Verbo hecho hombre, se ha ofrecido por nosotros en sacrificio y víctima a Dios en olor de suavidad; a él, junto con el Padre y el Espíritu Santo, en el tiempo del Antiguo Testamento se les sacrificaban animales por los patriarcas, por los profetas y por los sacerdotes; y a él, ahora, es decir, en el tiempo del Nuevo Testamento, con el Padre y el Espíritu Santo, con los cuales es un solo Dios, la santa Iglesia católica no cesa de ofrecer en toda la tierra el sacrificio del pan y del vino en la fe y en el amor.
En las antiguas víctimas materiales se significaban tanto la carne de Cristo, que él, sin pecado, habría de ofrecer por nuestros pecados, como su sangre, que habría de derramar en remisión de nuestros pecados. En este sacrificio, además, hay la acción de gracias y el memorial de la carne de Cristo, ofrecida por nosotros, y de la sangre que el mismo Dios derramó por nosotros.
De esta sangre san Pablo dice en los Hechos de los Apóstoles: «Vigilaos vosotros y a todo el rebaño, en medio del cual el Espíritu Santo os ha puesto como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que él se adquirió con su propia sangre» (Hch 20, 28). En aquellos sacrificios se representaba con figuras lo que habría de ser donado a nosotros. En este sacrificio, en cambio, se muestra a la evidencia lo que ya nos ha sido donado. En aquellos sacrificios se preanunciaba el Hijo de Dios que debía ser muerto por los impíos; en este se le anuncia ya muerto por los impíos, según atesta el Apóstol: «Mientras éramos todavía pecadores, Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado» (Rm 5, 6) y «cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).

Del tratado «Sobre la fe: a Pedro» de san Fulgencio de Ruspe, obispo.