La mañana del 14 de septiembre, gran multitud se había reunido en Sesto, según lo había ordenado el procónsul Galerio Máximo. Y así, el mismo procónsul Galerio Máximo ordenó que le condujeran a Cipriano a la audiencia que sostenía el mismo día en el atrio Saucio. Cuando se presentó ante él, el procónsul Galerio Máximo dijo al obispo Cipriano: «¿Eres Tascio Cipriano?». El obispo Cipriano respondió: «Sí, soy yo».

El procónsul Galerio Máximo dijo: «¿Eres tú el que te has presentado como jefe de una secta sacrílega?». El obispo Cipriano respondió: «Soy yo». Galerio Máximo dijo: «Los santísimos emperadores te ordenan que sacrifiques». El obispo Cipriano dijo: «No lo hago».

El procónsul Galerio Máximo dijo: «Piénsalo bien». El obispo Cipriano dijo: «Haz lo que te ha sido ordenado. En una cosa tan justa no hay que reflexionar».

Galerio Máximo, después de conferenciar con el colegio de magistrados, a duras penas y a disgusto pronunció esta sentencia: «Has vivido largo tiempo sacrílegamente y te has reunido a muchos de tu secta criminal, y te has constituido enemigo de los dioses romanos y de sus ritos sagrados. Los piadosos y santísimos emperadores Valeriano y Galieno Augustos y Valeriano nobilísimo Césares no lograron reconducirte a la observancia de sus ceremonias religiosas. Y por tanto, puesto que has resultado autor e instigador de los peores crímenes, serás tú mismo ejemplo para aquellos a quienes has asociado a tus acciones perversas. Con tu sangre se sancionará el respeto de las leyes». Y dichas estas palabras, leyó en voz alta de una tablilla el decreto: «Ordeno que Tascio Cipriano sea castigado con la decapitación». El obispo Cipriano dijo: «Damos gracias a Dios».

Después de esta sentencia, la multitud de los hermanos decía: «También nosotros queremos ser decapitados junto con él». Por esto, una gran agitación surgió entre los hermanos y mucha multitud lo siguió. Y así, Cipriano fue conducido a las afueras de Sesto y aquí se despojó del manto y de la capucha, se arrodilló en tierra y se postró en oración al Señor. Se quitó luego la dalmática y la entregó a los diáconos, quedando con la sola túnica de lino, y así permaneció a la espera del verdugo.

Cuando este llegó, el obispo dio orden a los suyos de darle veinticinco monedas de oro. Entretanto, los hermanos extendían delante de él pañuelos y servilletas. Entonces, el gran Cipriano con sus propias manos se vendó los ojos, pero como no lograba atarse las puntas del pañuelo, intervinieron para ayudarlo el presbítero Julián y el subdiácono Julián.

Así, el obispo Cipriano sufrió el martirio y su cuerpo, a causa de la curiosidad de los paganos, fue depositado en un lugar cercano donde pudiera ser sustraído a la mirada indiscreta de los paganos. De allí, luego, durante la noche, fue llevado con antorchas y faroles encendidos y acompañado hasta el cementerio del procurador Macrobio Candidiano que está en la vía de las Cabañas junto a las piscinas. Pocos días después, el procónsul Galerio Máximo murió.

El santo obispo Cipriano sufrió el martirio el 14 de septiembre bajo los emperadores Valeriano y Galieno, reinando, sin embargo, nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

San Cipriano, obispo y mártir