Ama si eres amado

«Cantad al Señor un cántico nuevo; su alabanza en la asamblea de los fieles» (Sal 149, 1).

Hemos sido exhortados a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es signo de alegría y, si consideramos la cosa más atentamente, también expresión de amor.
El que sabe amar la vida nueva, sabe cantar también el cántico nuevo. Lo que sea esta vida nueva, debemos saberlo en vista del cántico nuevo. En efecto, todo pertenece a un solo reino: el hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo. Por eso, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo y pertenecerá al Testamento nuevo.

No hay nadie que no ame, pero hay que ver qué es lo que ama. No somos exhortados a no amar, sino a elegir el objeto de nuestro amor. Pero ¿qué elegiremos, si antes no somos elegidos? Porque no amamos, si antes no somos amados. Escuchad al apóstol Juan: Nosotros amamos porque él nos amó primero (cf. 1 Jn 4, 10).

Busca para el hombre la razón por la que debe amar a Dios y no encontrarás otra que esta: porque Dios lo amó primero. Aquel a quien hemos amado, ya se ha dado a sí mismo por nosotros, ha dado aquello por lo que pudiéramos amarlo.

Lo que ha dado para que lo amáramos, escuchadlo más claramente del apóstol Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rm 5, 5). ¿De dónde? ¿Acaso de nosotros? No. ¿De quién, pues? «Por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

Teniendo, pues, una confianza tan grande, amemos a Dios por medio de Dios.

Escuchad más claramente al mismo Juan: «Dios es amor; quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él» (1 Jn 4, 16).

No basta decir: «El amor viene de Dios» (1 Jn 4, 7). ¿Quién de nosotros se atrevería a decir lo que ha sido dicho: «Dios es amor»? Lo dijo aquel que sabía lo que tenía.

Dios se nos ofrece de un modo completo. Nos dice: Amadme y me tendréis, porque no podéis amarme, si ya no me poseéis.

Oh hermanos, oh hijos, oh pueblo cristiano, oh santa y celestial estirpe, oh regenerados en Cristo, oh criaturas de un mundo divino, escuchadme, o más bien por medio de mí: «Cantad al Señor un cántico nuevo».

Mira, tú dices, yo canto. Tú cantas, ciertamente, lo oigo que cantas. Pero cuida de que tu vida no tenga que testificar contra tu voz.

Cantad con la voz, cantad con el corazón, cantad con la boca, cantad con vuestra conducta santa. «Cantad al Señor un cántico nuevo».

Me preguntáis qué debéis cantar de aquel a quien amáis. Hablad sin duda de aquel a quien amáis, de él queréis cantar. ¿Buscáis las alabanzas que cantar? Lo habéis oído: «Cantad al Señor un cántico nuevo». ¿Buscáis las alabanzas? «Su alabanza resuene en la asamblea de los fieles».

El cantor se convierte él mismo en la alabanza de su canto.

¿Queréis decir las alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos aquella alabanza que debe decirse, y seréis su alabanza, si viviréis bien.

Santo Agustín