«Bienaventurado el hombre que teme al Señor y camina por sus caminos» (Sal 127, 1). Cada vez que en la Escritura se habla del temor del Señor, hay que tener presente que nunca se encuentra solo, como si para nosotros bastara para la plenitud de la fe, sino que se le añaden o anteponen muchos otros valores.
De ellos se comprende la esencia y la perfección del temor de Dios, como sabemos por lo que está dicho en los Proverbios de Salomón: «Si invocas la inteligencia y llamas a la sabiduría, si la buscas como a la plata y la excavas como a los tesoros, entonces comprenderás el temor del Señor» (Pro 2, 3-5).
Vemos por ello por cuántos grados se llega al temor de Dios.
En primer lugar, pedido el don de la sabiduría, se debe confiar toda la tarea de la profundización al don del entendimiento, con el cual buscar e investigar la sabiduría. Solo entonces se podrá comprender el temor del Señor. Ciertamente el modo común de razonar de los hombres no procede así respecto al temor.
De hecho, el temor es considerado como el miedo que tiene la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no desearía que le sucediera. Este género de temor se despierta en nosotros con el remordimiento de la culpa, ante el derecho del más poderoso, o el ataque del más fuerte, a causa de una enfermedad, por el encuentro con una bestia feroz o, por último, por el sufrimiento de cualquier mal.
No es este el temor que aquí se enseña, porque deriva de la debilidad natural.
En esta línea de temor, de hecho, lo que se debe temer no es en absoluto objeto y materia de aprendizaje, ya que las cosas temibles se encargan por sí mismas de infundir terror.
En cambio, del temor del Señor está escrito así: «Venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor del Señor» (Sal 33, 12). Por tanto, se aprende el temor del Señor, porque es enseñado. Este género de temor no está en el espanto natural y espontáneo, sino en una realidad que se comunica como una doctrina. No emana de la inquietud de la naturaleza, sino que se empieza a aprender con la observancia de los mandamientos, con las obras de una vida inocente, y con el conocimiento de la verdad.
En cuanto a nosotros, el temor de Dios está todo en el amor, y el amor perfecto perfecciona este temor.
La tarea propia de nuestro amor hacia Dios es escuchar sus amonestaciones, obedecer a sus mandamientos, fiarse de sus promesas.
Escuchemos, pues, la Escritura que dice: «Ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, que camines por todos sus caminos, que lo ames y sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los mandamientos del Señor y sus leyes, que hoy te doy para tu bien?» (Dt 10, 12).
Muchas son, además, las vías del Señor, aunque él mismo sea el camino. Pero cuando habla de sí mismo se llama camino, dando también la razón por la cual se llama así: «Nadie», dice, «viene al Padre sino por medio de mí» (Jn 14, 6).
Hay, por tanto, que plantearse el problema de las muchas vías posibles y ponderar muchos elementos para que, instruidos por muchas razones, podamos encontrar aquella única vía de la vida eterna que nos conviene.
Hay, de hecho, vías en la ley, vías en los profetas, vías en los evangelios, vías en los apóstoles, vías también en las diversas obras de los maestros.
Dichosos los que caminan en ellas con el temor de Dios.
De los «Tratados sobre los salmos» de san Ilario, obispo
De ellos se comprende la esencia y la perfección del temor de Dios, como sabemos por lo que está dicho en los Proverbios de Salomón: «Si invocas la inteligencia y llamas a la sabiduría, si la buscas como a la plata y la excavas como a los tesoros, entonces comprenderás el temor del Señor» (Pro 2, 3-5).
Vemos por ello por cuántos grados se llega al temor de Dios.
En primer lugar, pedido el don de la sabiduría, se debe confiar toda la tarea de la profundización al don del entendimiento, con el cual buscar e investigar la sabiduría. Solo entonces se podrá comprender el temor del Señor. Ciertamente el modo común de razonar de los hombres no procede así respecto al temor.
De hecho, el temor es considerado como el miedo que tiene la debilidad humana cuando teme sufrir lo que no desearía que le sucediera. Este género de temor se despierta en nosotros con el remordimiento de la culpa, ante el derecho del más poderoso, o el ataque del más fuerte, a causa de una enfermedad, por el encuentro con una bestia feroz o, por último, por el sufrimiento de cualquier mal.
No es este el temor que aquí se enseña, porque deriva de la debilidad natural.
En esta línea de temor, de hecho, lo que se debe temer no es en absoluto objeto y materia de aprendizaje, ya que las cosas temibles se encargan por sí mismas de infundir terror.
En cambio, del temor del Señor está escrito así: «Venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor del Señor» (Sal 33, 12). Por tanto, se aprende el temor del Señor, porque es enseñado. Este género de temor no está en el espanto natural y espontáneo, sino en una realidad que se comunica como una doctrina. No emana de la inquietud de la naturaleza, sino que se empieza a aprender con la observancia de los mandamientos, con las obras de una vida inocente, y con el conocimiento de la verdad.
En cuanto a nosotros, el temor de Dios está todo en el amor, y el amor perfecto perfecciona este temor.
La tarea propia de nuestro amor hacia Dios es escuchar sus amonestaciones, obedecer a sus mandamientos, fiarse de sus promesas.
Escuchemos, pues, la Escritura que dice: «Ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, que camines por todos sus caminos, que lo ames y sirvas al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma, que guardes los mandamientos del Señor y sus leyes, que hoy te doy para tu bien?» (Dt 10, 12).
Muchas son, además, las vías del Señor, aunque él mismo sea el camino. Pero cuando habla de sí mismo se llama camino, dando también la razón por la cual se llama así: «Nadie», dice, «viene al Padre sino por medio de mí» (Jn 14, 6).
Hay, por tanto, que plantearse el problema de las muchas vías posibles y ponderar muchos elementos para que, instruidos por muchas razones, podamos encontrar aquella única vía de la vida eterna que nos conviene.
Hay, de hecho, vías en la ley, vías en los profetas, vías en los evangelios, vías en los apóstoles, vías también en las diversas obras de los maestros.
Dichosos los que caminan en ellas con el temor de Dios.
De los «Tratados sobre los salmos» de san Ilario, obispo