Todas las veces que soportamos angustias o tribulaciones, estas constituyen para nosotros una advertencia y al mismo tiempo un medio para corregirnos. En efecto, tampoco la Sagrada Escritura nos promete paz, seguridad y tranquilidad; antes bien, el Evangelio no nos oculta las tribulaciones, las angustias y los escándalos. Asegura, sin embargo, que «el que persevere hasta el fin, será salvo» (Mt 10, 22). Del primer hombre no recibimos ningún bien, antes bien heredamos la muerte y la maldición, de la cual debía venir Cristo a liberarnos.
Por tanto, no nos quejemos y no murmuramos, hermanos. También el Apóstol nos advierte diciendo: «Algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el exterminador» (1 Cor 10, 10). ¿Qué cosa nueva e insólita sufre el género humano en nuestros tiempos que no hayan sufrido nuestros padres? Antes bien, ¿podemos afirmar nosotros que sufrimos tanto y tantos males como ellos tuvieron que sufrir? Sin embargo, encontrarás a hombres que se quejan de sus tiempos, convencidos de que solo los tiempos pasados fueron buenos. Pero se puede estar seguro de que si estos pudieran volver a la época de los antepasados, no dejarían de quejarse igualmente. Si, en efecto, consideras buenos aquellos tiempos que fueron, es precisamente porque aquellos tiempos ya no son los tuyos.
Dado que, en efecto, ya eres libre de la maldición, que ya posees la fe en el Hijo de Dios, que ya has sido iniciado e instruido en las Sagradas Escrituras, no veo cómo puedas pensar que Adán conoció tiempos mejores. También tus padres llevaron la herencia de Adán. Y es precisamente a Adán a quien se le dijo: con el sudor de tu rostro comerás tu pan y trabajarás la tierra de la que fuiste tomado; ella te producirá espinos y cardos (cfr. Gn 3, 19. 18).
Eso es lo que mereció, lo que recibió, eso es lo que le afligió el justo juicio de Dios. ¿Por qué, entonces, crees que los tiempos pasados fueron mejores que los tuyos? Considera bien que desde el primer Adán hasta el hombre de hoy no se encuentra sino trabajo, sudor, tribulaciones y espinos. ¿Cayó acaso sobre nosotros el diluvio? ¿Han venido acaso sobre nosotros tiempos tan terribles de hambre y de guerras, como en otra ocasión y tales que justifiquen nuestra queja contra Dios a causa del tiempo presente?
Pensad, pues, qué clase de tiempos eran aquellos. Oyendo o leyendo la historia de aquellos hechos, ¿no hemos quedado horrorizados? Por tanto, tenemos más motivo de alegrarnos que de quejarnos de nuestros tiempos.

Santo Agustín, obispo