Ignacio, llamado también Teóforo, a la Iglesia de Dios Padre y del Señor Jesucristo que se encuentra en Éfeso, en Asia, que es objeto del amor de Dios y por él hecha firme en la concordia, colmada de gozo en la pasión de nuestro Señor e, inamoviblemente segura de su resurrección, goza de todo don de la misericordia divina.
Yo saludo en la sangre de Jesucristo a esta Iglesia, que es mi gozo eterno e inquebrantable, sobre todo si están unidos todos sus miembros con el obispo, con los presbíteros y con los diáconos, elegidos según el pensamiento de Jesucristo, y por él hechos fuertes y firmes, según su voluntad, mediante su Espíritu Santo.
Sé que vuestro obispo no ha obtenido ni por sí mismo ni por los hombres el ministerio que ejerce al servicio de la comunidad, ni por propia ambición, sino que le ha sido confiado por el amor de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Me he admirado de su amabilidad; con su silencio él hace más que aquellos que se pierden en vanas discusiones. Las voluntades divinas encuentran en él una perfecta resonancia como las cuerdas sonoras en la cítara. Por eso mi alma se complace de sus sentimientos hacia Dios, que sé virtuosos y perfectos, y de su firmeza y cordialidad que son un reflejo de la bondad del Dios viviente.
Vosotros, pues, hijos de la luz y de la verdad, huid de las divisiones y de las perversas doctrinas. Sed un rebaño dócil y fiel, que sigue en todas partes a su pastor. Aquellos, en efecto, que pertenecen a Dios y a Jesucristo están todos con el obispo. Y aquellos que se arrepienten y vuelven a la unidad de la Iglesia serán también de Dios para vivir según Jesucristo.
No os engañéis, hermanos míos, quien sigue a un defensor de divisiones «no heredará el reino de Dios» (1 Cor 6, 10); quien camina por el camino de la herejía no está en acuerdo con la pasión de Cristo.
Procurad, pues, de participar en una única Eucaristía, porque no hay sino una única carne de nuestro Señor Jesucristo y un único cáliz que nos une en su sangre y un único altar, como uno solo es el obispo con el colegio de los presbíteros y los diáconos, mis compañeros de ministerio. Comportaos de manera que cualquier cosa que hagáis, la hagáis según Dios.
Hermanos míos, mi corazón se desborda de amor por vosotros y con la mayor alegría busco protegeros, no yo, sino Jesucristo. Soy, es verdad, encadenado por él, pero mi temor se ha hecho mayor porque me veo aún imperfecto. Vuestra oración me hará perfecto ante Dios. Me acojo al Evangelio como a la carne de Cristo, y me mantengo unido al colegio de los presbíteros como a los apóstoles. Así podré obtener la herencia a la que la misericordia de Dios me ha destinado.

De la «Carta a los cristianos de Éfeso» de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir