Puesto que hemos explicado lo que significa «tomar la leche», intentemos comprender lo que quiere decir «vestirse de lana». Quien da la leche ofrece el alimento, quien da la lana ofrece el honor. Estos son los dos bienes que piden a los fieles aquellos pastores que piensan en pastar a sí mismos y no al rebaño: que provean a sus necesidades y que reciban honor y alabanza.
Y en verdad bien se comprende cómo la vestidura signifique el honor, por el hecho de que cubre la desnudez. Todo hombre, en efecto, es frágil. Y el que os gobierna no es ciertamente distinto de vosotros. También él tiene un cuerpo, es mortal, come, duerme, se levanta: ha nacido y un día tendrá que morir. Por tanto, si consideras lo que él es en sí mismo, ves que es un simple hombre. Pero cuando tú lo honras grandemente, cubres, por así decirlo, lo que en él hay de frágil.
Ved cómo el mismo Pablo había recibido del buen pueblo de Dios una vestidura de tal género, cuando decía: «Me recibisteis como a un ángel de Dios. Os doy testimonio de que, si hubiera sido posible, os habríis sacado también los ojos para dármelos» (Gal 4, 14. 15). Pero, aunque le hubiera sido tributado un honor tan grande, ¿ahorró acaso los pecados de los errantes, por temor a que le fuera quitado aquel honor y le fuera disminuida la alabanza por los reproches que les hacía? Si hubiera actuado así, se habría puesto entre aquellos que pastan a sí mismos y no a su rebaño.
Habría dicho, por tanto, para sí: ¿Qué me importa? Que cada uno haga lo que quiera: mi sustento está asegurado, mi honor está a salvo. Tengo leche, lana y me basta. Que cada uno vaya donde quiera. Pero ¿de verdad crees estar a salvo si cada uno va donde le place? Si piensas así, te equivocas. Para demostrártelo, permíteme solo prescindir de tu dignidad y pensarte como si fueras un simple fiel. Y entonces, ¿no deberías recordar que «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él»? (1 Cor 12, 26).
Por eso el mismo Apóstol, recordando cómo se habían comportado con él, para no parecer olvidado del honor que le habían rendido, atestigua de haber sido recibido por ellos como un ángel de Dios y de que, si hubiera sido posible, se habrían quitado también los ojos para dárselos.
Pero, sin embargo, se acerca a la oveja enferma, a la oveja infectada para incisar la herida, sin ahorrar la infección. «¿Seré, pues, vuestro enemigo por deciros la verdad?», añade en efecto (Gal 4, 16).
Él tomó, en verdad, la leche de las ovejas, como recordamos poco antes, se vistió de la lana de las ovejas, pero no descuidó a sus ovejas. Porque él no buscaba sus propios intereses, sino los de Jesucristo.
Santo Agustín, obispo