Yo, Pablo, prisionero por el nombre de Cristo, quiero haceros conocer las tribulaciones en las que diariamente estoy inmerso, para que, inflamados por el amor divino, elevéis conmigo vuestras alabanzas a Dios: eterna es su misericordia (Sal 135, 3).
Esta prisión es verdaderamente una imagen del infierno eterno: a los crueles suplicios de toda clase, como las esposas, las cadenas de hierro, las cuerdas, se añaden odio, venganzas, calumnias, palabras obscenas, falsas acusaciones, maldades, juramentos iniquos, maldiciones y, por último, angustia y tristeza.
Dios, que liberó a los tres jóvenes de la fornaz ardiente, siempre está cerca de mí; y también me ha librado de estas tribulaciones, transformándolas en dulzura: eterna es su misericordia.
En medio de estos tormentos, que por lo general doblan y rompen a los demás, por la gracia de Dios estoy lleno de alegría y gozo, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo. Él, nuestro maestro, soporta todo el peso de la cruz, cargando sobre mí la parte mínima y última: él mismo combatiente, no solo espectador de mi lucha; vencedor y perfeccionador de toda batalla. Sobre su cabeza está puesta la espléndida corona de victoria, a la cual participan también los miembros.
¿Cómo soportar este horrendo espectáculo, viendo cada día a emperadores, mandarines y sus cortesanos que blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre los Querubines (cf. Sal 79, 2) y los Serafines?
He aquí, tu cruz es pisoteada por los pies de los paganos. ¿Dónde está tu gloria? Viendo todo esto, prefiero, en el ardor de tu caridad, tener cortados los miembros y morir en testimonio de tu amor.
Muéstrame, Señor, tu poder, ven en mi auxilio y sálvame, porque en mi debilidad se ha manifestado y glorificado tu fuerza ante las gentes; y tus enemigos no pueden alzar orgullosamente la cabeza, si yo llegara a vacilar en el camino.
Hermanos carísimos, al oír estas cosas, exultad y elevad un himno perpetuo de gracias a Dios, fuente de todo bien, y bendecidlo conmigo: eterna es su misericordia. Mi alma magnifique al Señor y mi espíritu se alegre en mi Dios, porque ha mirado la humildad de su siervo y de ahora en adelante las generaciones futuras me llamarán bienaventurado (cf. Lc 1, 46-48): eterna es su misericordia.
Alabad al Señor, todos los pueblos; vosotros todas, naciones, dadle gloria (Sal 116, 1), porque Dios ha elegido lo que en el mundo es débil, para confundir a los fuertes; lo que es despreciable, para confundir a los poderosos (cf. 1 Cor 1, 27). Con mi lengua y mi intelecto ha confundido a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo: eterna es su misericordia.
Os escribo todo esto, para que vuestra y mi fe formen una sola cosa. Mientras ruge la tormenta, echo el ancla hasta el trono de Dios: esperanza viva, que está en mi corazón.
Y vosotros, hermanos carísimos, corred de modo que alcancéis la corona (cf. 1 Cor 9, 24); vestíos de la coraza de la fe (cf. 1 Ts 5, 8); blandid las armas de Cristo, a derecha e izquierda (cf. 2 Cor 6, 79), como enseña san Pablo, mi patrón. Es bueno para vosotros entrar en la vida cojos o con un solo ojo (cf. Mt 18, 8-9), antes que ser arrojados fuera con todos los miembros.
Venid en mi socorro con vuestras oraciones, para que pueda combatir según la ley, o mejor, sostener hasta el final la buena batalla, para concluir felizmente mi carrera (cf. 2 Tm 4, 7).
Si no nos vemos más en la vida presente, esta será nuestra felicidad en el mundo futuro: estaremos delante del trono del Cordero inmaculado y cantaremos unánimes sus alabanzas, exultando eternamente en la alegría de la victoria. Amén.

Del epistolario de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del Seminario de Ke-Vinh en 1843