El que quiso nacer por nosotros, no quiso ser ignorado por nosotros
Aunque en el mismo misterio de la Encarnación del Señor las señales de su divinidad fueron siempre claras, sin embargo, la solemnidad de hoy nos manifiesta y nos revela de muchas maneras que Dios ha aparecido en cuerpo humano, para que nuestra naturaleza mortal, siempre envuelta en la oscuridad, no perdiera, por ignorancia, lo que ha merecido recibir y poseer por gracia.
En efecto, el que quiso nacer por nosotros, no quiso permanecer oculto para nosotros; y por eso se manifiesta de este modo, para que este gran misterio de piedad no se convierta en ocasión de error.
Hoy los magos, que lo buscaban resplandeciente entre las estrellas, lo encuentran que llora en el pesebre. Hoy los magos ven claramente, envuelto en pañales, a aquel a quien tanto tiempo se conformaron con contemplar de modo oscuro en los astros. Hoy los magos consideran con gran asombro lo que ven en el pesebre: el cielo descendido a la tierra, la tierra elevada hasta el cielo, el hombre en Dios, Dios en el hombre, y aquel a quien el mundo entero no puede contener, encerrado en un diminuto cuerpo.
Viendo, creen y no discuten, y lo proclaman por lo que es con sus dones simbólicos. Con el incienso lo reconocen Dios, con el oro lo aceptan como rey, con la mirra expresan la fe en aquel que debía morir.
De este modo, el pagano, que era el último, se ha convertido en el primero, porque entonces la fe de los gentiles fue como inaugurada por la de los magos.
Hoy Cristo ha descendido al lecho del Jordán para lavar los pecados del mundo. El mismo Juan atestigua que él ha venido precisamente para esto: «He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Hoy el siervo tiene en las manos al amo, el hombre Dios, Juan a Cristo; lo sostiene para recibir el perdón, no para dárselo.
Hoy, como dice el Profeta: La voz del Señor es sobre las aguas (cf. Sal 28, 23). ¿Qué voz? «Este es mi Hijo predilecto, en quien me he complacido» (Mt 3, 17).
Hoy el Espíritu Santo se cuela sobre las aguas bajo forma de paloma, porque, así como la paloma de Noé había anunciado que el diluvio universal había cesado, así, a indicación de esta, se comprendiera que el eterno naufragio del mundo había terminado; y no trajo como aquella una ramita del antiguo olivo, sino que derramó toda la fertilidad del nuevo crisma sobre la cabeza del nuevo progenitor, para que se cumpliera lo que el Profeta había predicho: "Dios, tu Dios, te ha consagrado con óleo de alegría a preferencia de tus compañeros" (Sal 44, 8).
Hoy Cristo da inicio a los portentosos prodigios celestiales, cambiando las aguas en vino; pero el agua debía luego transformarse en el sacramento de la sangre, para que Cristo vertiera, a quien quiere beber, puros cálices de la plenitud de su gracia. Así se cumplía el dicho del Profeta: ¡Cuán precioso es mi cáliz que desborda! (cf. Sal 22, 5).
San Pedro Crisólogo, obispo