Estábamos en Atenas, partidos de la misma patria, divididos, como el curso de un río, en distintas regiones por el deseo de aprender, y de nuevo juntos, como por acuerdo, pero en realidad por disposición divina.
Entonces no solo yo me sentía tomado de veneración hacia mi gran Basilio por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y sabiduría de sus discursos, sino que inducía a hacer lo mismo a otros que aún no lo conocían. Muchos, sin embargo, ya lo estimaban grandemente, habiéndolo conocido y escuchado bien con anterioridad.
¿Qué seguía de ello? Que casi él solo, entre todos aquellos que por estudio llegaban a Atenas, era considerado fuera de lo común, habiendo alcanzado una estima que lo ponía muy por encima de los simples discípulos. Este fue el inicio de nuestra amistad; de aquí el incentivo a nuestra estrecha relación; así nos sentimos tomados por un mutuo afecto.
Cuando, con el paso del tiempo, nos manifestamos recíprocamente nuestras intenciones y comprendimos que el amor a la sabiduría era lo que ambos buscábamos, entonces nos volvimos todos dos el uno para el otro: compañeros, comensales, hermanos. Aspirábamos a un mismo bien y cultivábamos cada día más fervientemente e íntimamente nuestro ideal común.
Nos guiaba la misma ansiedad de saber, cosa que entre todas es excitadora de envidia; y sin embargo entre nosotros no había envidia, se apreciaba en cambio la emulación. Esta era nuestra carrera: no quién fuera el primero, sino quién permitiera al otro serlo.
Parecía que teníamos un único alma en dos cuerpos. Si no se debe absolutamente prestar fe a aquellos que afirman que todo está en todos, a nosotros se debe creer sin vacilación, porque realmente el uno estaba en el otro y con el otro.
La ocupación y el deseo único para ambos era la virtud, y vivir tensos hacia las esperanzas futuras y comportarnos como si fuéramos exiliados de este mundo, antes aún de haber salido de la vida presente. Tal era nuestro sueño. He aquí por qué dirigíamos nuestra vida y nuestra conducta por el camino de los mandamientos divinos y nos animábamos mutuamente al amor de la virtud. Y no se nos impute presunción si digo que éramos el uno para el otro norma y regla para distinguir el bien del mal.
Y mientras otros reciben sus títulos de los padres, o se los procuran ellos mismos de las actividades y empresas de su vida, para nosotros en cambio era gran realidad y gran honor ser y llamarnos cristianos.
De los «Discursos» de san Gregorio Nacianceno, obispo
Entonces no solo yo me sentía tomado de veneración hacia mi gran Basilio por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y sabiduría de sus discursos, sino que inducía a hacer lo mismo a otros que aún no lo conocían. Muchos, sin embargo, ya lo estimaban grandemente, habiéndolo conocido y escuchado bien con anterioridad.
¿Qué seguía de ello? Que casi él solo, entre todos aquellos que por estudio llegaban a Atenas, era considerado fuera de lo común, habiendo alcanzado una estima que lo ponía muy por encima de los simples discípulos. Este fue el inicio de nuestra amistad; de aquí el incentivo a nuestra estrecha relación; así nos sentimos tomados por un mutuo afecto.
Cuando, con el paso del tiempo, nos manifestamos recíprocamente nuestras intenciones y comprendimos que el amor a la sabiduría era lo que ambos buscábamos, entonces nos volvimos todos dos el uno para el otro: compañeros, comensales, hermanos. Aspirábamos a un mismo bien y cultivábamos cada día más fervientemente e íntimamente nuestro ideal común.
Nos guiaba la misma ansiedad de saber, cosa que entre todas es excitadora de envidia; y sin embargo entre nosotros no había envidia, se apreciaba en cambio la emulación. Esta era nuestra carrera: no quién fuera el primero, sino quién permitiera al otro serlo.
Parecía que teníamos un único alma en dos cuerpos. Si no se debe absolutamente prestar fe a aquellos que afirman que todo está en todos, a nosotros se debe creer sin vacilación, porque realmente el uno estaba en el otro y con el otro.
La ocupación y el deseo único para ambos era la virtud, y vivir tensos hacia las esperanzas futuras y comportarnos como si fuéramos exiliados de este mundo, antes aún de haber salido de la vida presente. Tal era nuestro sueño. He aquí por qué dirigíamos nuestra vida y nuestra conducta por el camino de los mandamientos divinos y nos animábamos mutuamente al amor de la virtud. Y no se nos impute presunción si digo que éramos el uno para el otro norma y regla para distinguir el bien del mal.
Y mientras otros reciben sus títulos de los padres, o se los procuran ellos mismos de las actividades y empresas de su vida, para nosotros en cambio era gran realidad y gran honor ser y llamarnos cristianos.
De los «Discursos» de san Gregorio Nacianceno, obispo