Sofrir humillaciones por amor de Cristo hace más grande la virtud de la humildad

El que se culpa a sí mismo, lo recibe todo con serenidad cuando sufre cualquier contrariedad, daño, calumnia, ultraje u otra aflicción: de todo se considera merecedor, y no puede de ningún modo ser turbado. ¿Qué hay más tranquilo que este hombre?

Tal vez alguien me objetará: «Si un hermano me aflige y, examinándome, no encontrara que le di ninguna ocasión, ¿por qué debería acusarme a mí mismo?». Mientras tanto, es cierto que si alguien, con temor de Dios, se examinara diligentemente, nunca se encontraría del todo inocente y descubriría que con la acción, con la palabra o con la actitud ha dado alguna ocasión. Y si luego en ninguno de estos casos se descubriera culpable, ciertamente en otro momento habrá tratado duramente a ese hermano, ya sea en alguna cuestión vieja o nueva, o quizás habrá causado daño a algún otro hermano. Por lo tanto, por esto sufre merecidamente, o sufre por otros innumerables pecados que ha cometido en otro tiempo.

Otro pregunta por qué debería culparse a sí mismo cuando, estando en toda tranquilidad y paz, es insultado por el hermano que llega con alguna palabra ofensiva e infamante y, no pudiéndola soportar, se considera en derecho de enojarse y de protestar. Puesto que si aquel no hubiera llegado y no hubiera hablado y no hubiera molestado, él no habría pecado.

La excusa es ciertamente ridícula y no se apoya en un fundamento razonable. No fue ciertamente por el hecho de que le hubiera sido dicha alguna palabra que hirvió en él la pasión de la ira, sino que más bien aquellas palabras revelaron la pasión que ya se llevaba dentro. Por lo tanto, si tiene buena voluntad, tendrá excelentes razones para hacer penitencia. Él es semejante al trigo claro y brillante que revela sus impurezas solo cuando es molido. Así, el que se sienta tranquilo y pacífico, como él piensa, posee en su interior una pasión que no ve. Llega el hermano, dice alguna palabra punzante, y de inmediato todo el fondo detestable, que se escondía dentro, es vomitado fuera. Por lo tanto, si quiere obtener misericordia, haga penitencia, se purifique, busque mejorar, y verá que a ese hermano, en lugar de un ultraje, debía más bien dirigir un agradecimiento, habiendo sido puesto por él en una ocasión de progreso espiritual. Si así hubiera hecho, en adelante no habría experimentado más la misma susceptibilidad. Es cierto, en cualquier caso, que cuanto más progrese, tanto más fácilmente enfrentará pruebas similares. En verdad, cuanto más avanza el alma en la virtud, tanto más se vuelve fuerte y enérgica en soportar cualquier cosa gravosa que pueda sucederle.

San Dorotheo, abad