Puesto que debía suceder que la Virgen Madre de Dios naciera de Ana, la naturaleza no se atrevió a preceder al germen de la gracia; pero quedó sin su propio fruto para que la gracia produjera el suyo. De hecho, debía nacer aquella primogénita de la cual nacería el primogénito de toda criatura «en el cual todas las cosas subsisten» (Col 1, 17). ¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana! A vosotros es deudora toda criatura, porque por vosotros la criatura ofreció al Creador el don más agradable, es decir, aquella casta madre, que sola era digna del Creador.
Alégrate, Ana, «estéril que no has parido, irrumpe en gritos de júbilo y de alegría, tú que no has probado los dolores» (Is 54, 1). Exulta, oh Joaquín, pues de tu hija ha nacido para nosotros un niño, nos ha sido dado un hijo, y su nombre será Ángel de gran consejo, de salvación para todo el mundo, Dios fuerte (cf. Is 9, 6). Este niño es Dios.
Oh Joaquín y Ana, pareja bienaventurada, verdaderamente sin mancha! Del fruto de vuestro seno sois conocidos, como en otro tiempo dijo el Señor: «Los conoceréis por sus frutos» (Mt 7, 16). Vosotros formasteis la conducta de vuestra vida de manera agradable a Dios y digna de aquella que de vosotros nació. De hecho, en vuestra casta y santa convivencia habéis dado la vida a aquella perla de virginidad que fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Aquella, digo, que sola debía conservar siempre la virginidad de la mente, del alma y del cuerpo.
Oh Joaquín y Ana, pareja castísima! Vosotros, conservando la castidad prescrita por la ley natural, habéis conseguido, por divina virtud, lo que supera la naturaleza: habéis donado al mundo la Madre de Dios que no conoció varón. Vosotros, llevando una vida pia y santa en la condición humana, habéis dado a luz una hija más grande que los ángeles y ahora reina de los mismos ángeles.
Oh virgen bellísima y dulcísima! Oh hija de Adán y Madre de Dios. Bienaventurado el seno que te dio la vida! Bienaventurados los brazos que te estrecharon y los labios que te imprimieron castos besos, aquellos de tus únicos padres, para que conservaras en todo la virginidad! «Aclamad al Señor toda la tierra, gritad, exultad con cantos de alegría» (Sal 97, 4). Levad vuestra voz, gritad, no temáis.
De los «Discursos» de San Juan Damasceno, obispo
Alégrate, Ana, «estéril que no has parido, irrumpe en gritos de júbilo y de alegría, tú que no has probado los dolores» (Is 54, 1). Exulta, oh Joaquín, pues de tu hija ha nacido para nosotros un niño, nos ha sido dado un hijo, y su nombre será Ángel de gran consejo, de salvación para todo el mundo, Dios fuerte (cf. Is 9, 6). Este niño es Dios.
Oh Joaquín y Ana, pareja bienaventurada, verdaderamente sin mancha! Del fruto de vuestro seno sois conocidos, como en otro tiempo dijo el Señor: «Los conoceréis por sus frutos» (Mt 7, 16). Vosotros formasteis la conducta de vuestra vida de manera agradable a Dios y digna de aquella que de vosotros nació. De hecho, en vuestra casta y santa convivencia habéis dado la vida a aquella perla de virginidad que fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Aquella, digo, que sola debía conservar siempre la virginidad de la mente, del alma y del cuerpo.
Oh Joaquín y Ana, pareja castísima! Vosotros, conservando la castidad prescrita por la ley natural, habéis conseguido, por divina virtud, lo que supera la naturaleza: habéis donado al mundo la Madre de Dios que no conoció varón. Vosotros, llevando una vida pia y santa en la condición humana, habéis dado a luz una hija más grande que los ángeles y ahora reina de los mismos ángeles.
Oh virgen bellísima y dulcísima! Oh hija de Adán y Madre de Dios. Bienaventurado el seno que te dio la vida! Bienaventurados los brazos que te estrecharon y los labios que te imprimieron castos besos, aquellos de tus únicos padres, para que conservaras en todo la virginidad! «Aclamad al Señor toda la tierra, gritad, exultad con cantos de alegría» (Sal 97, 4). Levad vuestra voz, gritad, no temáis.
De los «Discursos» de San Juan Damasceno, obispo