La fe es una, pero su género es doble. Existe, en efecto, una fe que se refiere a los dogmas y es el conocimiento y asentimiento de la inteligencia a las verdades reveladas. Esta fe es necesaria para la salvación, según lo que dice el Señor: «El que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna y no va a juicio» (Jn 5, 24), y también: El que cree en el Hijo no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida (cf. Jn 3, 18. 24).
¡Oh extraordinaria bondad de Dios hacia los hombres! Los justos agradaron a Dios en las fatigas de largos años. Pero aquello que ellos llegaron a obtener a través de un largo y heroico servicio agradable a Dios, Jesús te lo dona en un breve espacio de tiempo. En efecto, si tú crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvo y serás admitido en el paraíso por aquel que hizo entrar al ladrón arrepentido. Y no tengas ninguna duda al respecto, porque aquel que sobre este santo Gólgota dio la salvación al ladrón por la fe de un momento, él mismo te salvará también a ti, si creyeres.
Hay otro género de fe, también don de Cristo. Está escrito, en efecto: «A uno se le da por el Espíritu la palabra de sabiduría, a otro, en cambio, por el mismo Espíritu, la palabra de ciencia; a uno la fe por el mismo Espíritu; a otro el don de curaciones» (1 Cor 12, 8-9). Por tanto, esta fe otorgada por el Espíritu como un don no se refiere solamente a los dogmas, sino que es también causa de prodigios que superan todas las fuerzas del hombre. Quien tiene tal fe podrá decir a este monte: «Pásate de aquí a allí, y él se pasará» (Mt 17, 20). Si verdaderamente uno, sin dudar en su interior, dice estas palabras movido por la fe, creyendo que así sucederá, entonces recibe aquella gracia.
De esta fe se dice: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza», etc. (Mt 17, 20); el grano de mostaza es diminuto en sí, pero está dotado de extraordinaria eficacia. Sembrado en una pequeña porción de terreno, extiende a su alrededor largos ramos y, cuando ha crecido, puede dar sombra a las aves del cielo. Así la fe en brevísimo tiempo opera en el alma efectos prodigiosos.
La fe es una representación interior que tiene por objeto a Dios. Es una íntima comprensión, que la mente, iluminada por Dios, logra tener de su esencia en la medida permitida. La fe recorre la tierra de un extremo al otro y, antes aún del fin del presente orden, ve como ya en acto el juicio y saborea ya ahora el premio prometido.
Ten, pues, aquella fe que depende de ti y se dirige a Dios, para que él te pueda donar también aquella que obra más allá de las fuerzas humanas.

De las «Catequesis» de san Cirilo de Jerusalén, obispo