Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas

Conoceré a ti, oh mi conocedor, te conoceré como yo soy conocido (cfr. 1 Cor 13, 12). Fuerza de mi alma, entra en ella y únela a ti, para tenerla y poseerla «sin mancha ni arruga» (Ef 5, 27). Esta es mi esperanza, por esto me atrevo a hablar y en esta esperanza me alegro, porque me alegro de cosa santísima. Todo lo demás en esta vida tanto menos requiere ser lamentado, cuanto más se lamenta, y tanto más merece ser lamentado, cuanto menos se lamenta. «Pero tú quieres la sinceridad del corazón» (Sal 50, 8), pues quien la realiza, viene a la luz (cfr. Jn 3, 21). Quiero, pues, realizarla en mi corazón delante de ti en mi confesión y en mi escrito delante de muchos testigos.

Ante ti, oh Señor, está descubierto el abismo de la conciencia humana: ¿puede estar oculto algo en mí a ti, aunque me empeñara en no confesártelo? Si me comportara así, yo te ocultaría a mí, en vez de ocultarme a ti. Pero ahora mi gemido manifiesta que yo me desagradó a mí mismo, y que tú resplandece y agrada y mereces ser amado y deseado, al punto de que me avergüenzo de mí y me rechazo a mí para elegirte, y no deseo agradar ni a ti ni a mí, sino en ti.

Pues, oh Señor, tú me conoces verdaderamente como soy. Ya he expresado la razón por la que me manifiesto a ti. No hago esto con palabras y voces de la carne, sino con palabras del alma y gritos de la mente, que tu oído conoce bien. Cuando soy malo, el acto de confesarme a ti no es otra cosa que un disgusto a mí mismo; cuando en cambio soy bueno, el acto de confesarme a ti no es otra cosa que no atribuirme a mí esta bondad, pues, «Señor, tú bendices al justo» (Sal 5, 13), pero antes lo justificas cuando es impío (cfr. Rm 4, 5). Por eso, oh mi Dios, mi confesión delante de ti ocurre en forma callada y no callada: ocurre en el silencio, pero es fuerte el grito del afecto.

Tú solo, Señor, me juzgas; en efecto, «¿quién conoce los secretos del hombre si no el espíritu del hombre que está en él?» (1 Cor 2, 11). Sin embargo, hay algo en el hombre que no es conocido ni siquiera por el espíritu que está en él. Tú, en cambio, Señor, lo conoces todo de él, porque lo creaste. Yo, en cambio, aunque me desprecie delante de ti y me tenga por tierra y ceniza, sé de ti algo que no sé de mí.

«Ahora vemos como en un espejo, en forma confusa; pero entonces veremos cara a cara» (1 Cor 13, 12), y por eso, mientras soy peregrino lejos de ti, estoy más cerca de mí mismo que de ti, y sin embargo sé que tú eres inviolable de manera absoluta. Pero yo no sé a qué tentaciones puedo resistir y a cuáles no. Tengo esperanza, porque tú eres fiel y no permites que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, sino que con la tentación nos darás también la salida y la fuerza para soportarla (cfr. 1 Cor 10, 13).

Confesaré, pues, lo que sé y lo que no sé de mí; porque también lo que sé de mí, lo conozco por tu iluminación; y lo que no sé de mí, lo ignoraré hasta que mi oscuridad no se vuelva como el mediodía a la luz de tu rostro (cfr. Is 58, 10).

Santo Agustín