«Tommaso, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús» (Jn 20, 24). Solo este discípulo estaba ausente. Cuando volvió, oyó el relato de los hechos ocurridos, pero se negó a creer en lo que había oído. Vino de nuevo el Señor y al discípulo incrédulo le ofreció su costado para que lo tocara, le mostró las manos y, señalando la cicatriz de sus heridas, sanó la de su incredulidad.
¿Qué cosa, hermanos, entreveéis en todo esto? ¿Atribuis acaso a un puro caso que aquel discípulo elegido por el Señor estuviera ausente, y viniendo después oyera el hecho, y oyendo dudara, y dudando tocara, y tocando creyera?
No, esto no ocurrió por casualidad, sino por disposición divina. La clemencia del Señor actuó de manera maravillosa, ya que aquel discípulo, con sus dudas, mientras en su maestro tocaba las heridas del cuerpo, sanaba en nosotros las heridas de la incredulidad. La incredulidad de Tomás nos ha sido de mayor provecho, en cuanto a la fe, que la fe de los otros discípulos. Mientras aquel es reconducido a la fe por el tacto, nuestra mente es consolidada en la fe con el superamiento de toda duda. Así, el discípulo, que dudó y tocó, se convirtió en testigo de la verdad de la resurrección.
Tocó y exclamó: «¡Mi Señor y mi Dios!».
Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído» (Jn 20, 28-29). Puesto que el apóstol Pablo dice: «La fe es fundamento de las cosas que se esperan y prueba de las que no se ven», es claro que la fe es prueba de aquellas cosas que no pueden verse. Las cosas que se ven ya no requieren la fe, sino que son objeto de conocimiento. Pero si Tomás vio y tocó, ¿cómo se le dice: «Porque me has visto, has creído»? Otra cosa fue lo que vio y otra cosa aquello en lo que creyó. La divinidad, en efecto, no puede ser vista por un hombre mortal. Vió, pues, un hombre y reconoció a Dios, diciendo: «¡Mi Señor y mi Dios!». Creyó, por tanto, viendo. Vió un verdadero hombre y dijo que era aquel Dios que no podía ver.
Nos causa gran alegría lo que sigue: «Bienaventurados los que, sin haber visto, crean» (Jn 20, 28). Con estas palabras, sin duda, somos indicados especialmente nosotros, que creemos en aquel a quien no hemos visto con nuestros sentidos. Hemos sido designados nosotros, si, no obstante, a nuestra fe hacemos seguir las obras. Cree, en efecto, de verdad aquel que pone en práctica con la vida la verdad en la que cree. Dice, en cambio, san Pablo de aquellos que tienen la fe solo de palabra: «Dicen que conocen a Dios, pero lo niegan con sus hechos» (Tt 1, 16). Y Santiago escribe: «La fe sin obras está muerta» (Gc 2, 26).
San Gregorio Magno, papa