El Verbo de Dios se hizo hombre y el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que el hombre, unido al Verbo y recibiendo la adopción, se hiciera hijo de Dios.
No podíamos, en efecto, recibir de ningún otro modo la incorrupción y la inmortalidad, sino por el hecho de ser unidos a la incorrupción y a la inmortalidad. Y ¿cómo podríamos haber sido unidos a la incorrupción y a la inmortalidad, si antes la incorrupción y la inmortalidad no se hubieran hecho lo que somos nosotros, para que lo que era corruptible fuera absorbido por la incorrupción, y lo que era mortal por la inmortalidad, y pudiéramos recibir la adopción de hijos?
El Hijo de Dios y nuestro Señor es Verbo del Padre e Hijo del hombre, pues fue engendrado como hombre de María, que pertenecía al género humano y era ella misma criatura humana. Por eso fue el mismo Señor quien nos dio una señal en las profundidades de la tierra y en las alturas del cielo, una señal que el hombre no había pedido, porque él nunca había esperado que una virgen pudiera llegar a ser madre, dando a luz un hijo y permaneciendo virgen. Nunca se habría podido imaginar que este hijo fuera «Dios con nosotros» (cf. Is 7, 10-17) y descendiera a las profundidades de la tierra en busca de la oveja que se había extraviado, y que era luego su criatura. Nadie habría podido pensar que, subiendo al cielo para ofrecer y recomendar al Padre al hombre que había sido encontrado, hiciera de sí mismo las primicias de la resurrección del hombre. En efecto, así como la cabeza resucitó de entre los muertos, así también resucitará el resto del cuerpo, es decir, todo hombre que se encuentre viviendo después de haber cumplido el tiempo de la condena que le había tocado por la desobediencia.
El cuerpo recibe cohesión y unidad gracias a los diversos vínculos que lo alimentan y lo activan según la función y la posición de cada miembro.
En la casa de Dios hay muchas moradas, porque también hay muchos miembros en el cuerpo.
Generoso fue, pues, Dios, el cual, viendo que el hombre venía a menos, previó aquella victoria que sería obtenida por medio del Verbo. En efecto, ya que el poder triunfaba en la debilidad, el Verbo mostraba la bondad y la magnífica potencia de Dios.

Del tratado «Contra las herejías» de San Ireneo, obispo