«Volved a mí con todo vuestro corazón» (Gl 2, 12) y mostrad la penitencia del alma con ayunos, llantos y dándoos de golpes en el pecho: para que, ayunando ahora, después estéis saciados; llorando ahora, después os reiréis; dándoos ahora de golpes en el pecho, después seréis consolados. En las circunstancias tristes y adversas es costumbre rasgarse las vestiduras. Así hizo, según el evangelio, el sumo Sacerdote para hacer más grave la acusación contra el Señor, nuestro Salvador, y así también Pablo y Barnabé al oír palabras blasfemas. Bien, Joel dice: «Rasgad vuestro corazón y no vuestras vestiduras, volved al Señor vuestro Dios, porque él es misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en misericordia» (Gl 2,13).
Volved, pues, al Señor vuestro Dios, de quien os habéis apartado por el mal que habéis hecho, y no desesperéis nunca del perdón por la gravedad de las culpas, porque la infinita misericordia las borrará todas por cuán graves sean. El Señor, en efecto, es bueno y misericordioso. Quiere más bien la penitencia que la muerte del pecador. Es paciente y rico en compasión y no imita la impaciencia de los hombres, sino que espera por largo tiempo nuestra conversión. El Señor «es misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en misericordia y se compadece de la desgracia. ¿Quién sabe si no cambiará...» (Gl 2, 13-14). Está plenamente dispuesto a perdonar y a arrepentirse de la sentencia de condena que había preparado para nuestros pecados. Si nos arrepentimos de lo que hemos hecho de mal, él se arrepentirá de la decisión de castigo que había tomado y del mal que había amenazado con hacernos. Si nosotros cambiamos de vida, él también cambiará la sentencia que había dispuesto. Cuando decimos que nos ha amenazado con el mal, ciertamente no nos referimos a un mal moral, sino a un castigo debido justamente a quien ha faltado.
Joel, después de haber señalado la misericordia de Dios hacia quien se arrepiente, añade: «¿Quién sabe si no cambiará y se aplacará y dejará tras de sí una bendición» (Gl 2, 13-14). El profeta quiere decir: Yo cumplo mi mandato, os exhorto a la penitencia porque sé que Dios es sumamente clemente, como se deduce también de la oración de David: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia: en tu gran bondad borra mi pecado» (Sal 50, 1. 3). Pero, ya que no podemos conocer la profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios – es siempre el pensamiento del profeta Joel – mitigo mi afirmación y, más que presumir,
deseo diciendo: «¿Quién sabe si no cambiará y se aplacará?». Diciendo: «¿Quién sabe?» hay que entender que es cosa imposible, o por lo menos difícil de saber.
La frase: Ofrenda y libación para el Señor nuestro Dios (cf. Gl 2, 14) la interpretamos así: después de que el Señor haya elargido su bendición y haya perdonado nuestros pecados, nosotros podemos ofrecer nuestros sacrificios a Dios.

San Jerónimo, sacerdote
Del «Comentario sobre Joel»