Creemos en el Verbo de Dios. No nos apoyamos en palabras sin sentido, ni nos dejamos llevar por emociones repentinas y desordenadas, ni seducir por el encanto de discursos bien elaborados, sino que, por el contrario, prestamos fe a las palabras del poder de Dios.
Dios ordenaba estas cosas a su Verbo. El Verbo las decía en palabras para apartar con ellas al hombre de su desobediencia. No lo dominaba como un amo a sus esclavos, sino que lo invitaba a una decisión libre y responsable.
El Padre envió a la tierra esta su Palabra en el tiempo último, porque ya no quería que hablara por medio de los profetas, ni que fuera anunciada de forma oscura y solo entrevisada a través de vagos reflejos, sino que deseaba que apareciera visiblemente en persona. Así, el mundo, contemplándola, podría tener la salvación. El mundo, teniéndola bajo su mirada, ya no sentiría el malestar y el temor como cuando se encontraba ante una imagen divina reflejada por los profetas, ni experimentaría el desasosiego como cuando ella era hecha presente y manifestada mediante las potencias angélicas. Ahora constataría que se encontraba ante la misma presencia de Dios que habla.
Sabemos que el Verbo tomó un cuerpo mortal de la Virgen, y transformó al hombre viejo en la novedad de una creación nueva. Sabemos que él se hizo de nuestra misma sustancia. Si de hecho no fuera de nuestra misma naturaleza, en vano nos habría dado como ley ser imitadores suyos como maestro. Si él, como hombre, es de naturaleza diferente, ¿por qué me manda a mí, nacido en la debilidad, la semejanza con él? ¿Y cómo puede este ser bueno y justo? En verdad, para no ser juzgado diferente de nosotros, él toleró la fatiga, quiso el hambre, no rechazó la sed, aceptó dormir para descansar, no se rebeló contra el sufrimiento, se sometió a la muerte y se reveló en la resurrección. Ofreció como primicia, de todas estas maneras, su misma naturaleza de hombre, para que no pierdas el ánimo en el sufrimiento, sino que, reconociéndote hombre, esperes también para ti lo que el Padre le ha ofrecido a él.
Cuando hayas conocido al Dios verdadero, tendrás junto con el alma un cuerpo inmortal e incorruptible; obtendrás el reino de los cielos, porque en la vida de este mundo has reconocido al rey y al Señor del cielo. Vivirás en intimidad con Dios, serás heredero junto con Cristo, ya no esclavo de los deseos, de las pasiones, ni siquiera del sufrimiento y de los males físicos, porque habrás llegado a ser dios. En efecto, los sufrimientos que has debido soportar por el hecho de ser hombre, Dios te los daba porque eras hombre. Pero Dios ha prometido también concederte sus mismas prerrogativas una vez que hayas sido divinizado y hecho inmortal.
Cristo, el Dios superior a todas las cosas, aquel que había establecido anular el pecado de los hombres, renovó al hombre viejo y lo llamó su propia imagen desde el principio. Así es como mostró el amor que tenía hacia ti. Si te harás dócil a sus santos mandamientos y llegarás a ser bueno como él, que es bueno, serás semejante a él y de él recibirás gloria. Dios no escatima sus bienes, él que por su gloria ha hecho de ti un dios.
Del tratado «La confutación de todas las herejías» de san Hipólito, sacerdote
Dios ordenaba estas cosas a su Verbo. El Verbo las decía en palabras para apartar con ellas al hombre de su desobediencia. No lo dominaba como un amo a sus esclavos, sino que lo invitaba a una decisión libre y responsable.
El Padre envió a la tierra esta su Palabra en el tiempo último, porque ya no quería que hablara por medio de los profetas, ni que fuera anunciada de forma oscura y solo entrevisada a través de vagos reflejos, sino que deseaba que apareciera visiblemente en persona. Así, el mundo, contemplándola, podría tener la salvación. El mundo, teniéndola bajo su mirada, ya no sentiría el malestar y el temor como cuando se encontraba ante una imagen divina reflejada por los profetas, ni experimentaría el desasosiego como cuando ella era hecha presente y manifestada mediante las potencias angélicas. Ahora constataría que se encontraba ante la misma presencia de Dios que habla.
Sabemos que el Verbo tomó un cuerpo mortal de la Virgen, y transformó al hombre viejo en la novedad de una creación nueva. Sabemos que él se hizo de nuestra misma sustancia. Si de hecho no fuera de nuestra misma naturaleza, en vano nos habría dado como ley ser imitadores suyos como maestro. Si él, como hombre, es de naturaleza diferente, ¿por qué me manda a mí, nacido en la debilidad, la semejanza con él? ¿Y cómo puede este ser bueno y justo? En verdad, para no ser juzgado diferente de nosotros, él toleró la fatiga, quiso el hambre, no rechazó la sed, aceptó dormir para descansar, no se rebeló contra el sufrimiento, se sometió a la muerte y se reveló en la resurrección. Ofreció como primicia, de todas estas maneras, su misma naturaleza de hombre, para que no pierdas el ánimo en el sufrimiento, sino que, reconociéndote hombre, esperes también para ti lo que el Padre le ha ofrecido a él.
Cuando hayas conocido al Dios verdadero, tendrás junto con el alma un cuerpo inmortal e incorruptible; obtendrás el reino de los cielos, porque en la vida de este mundo has reconocido al rey y al Señor del cielo. Vivirás en intimidad con Dios, serás heredero junto con Cristo, ya no esclavo de los deseos, de las pasiones, ni siquiera del sufrimiento y de los males físicos, porque habrás llegado a ser dios. En efecto, los sufrimientos que has debido soportar por el hecho de ser hombre, Dios te los daba porque eras hombre. Pero Dios ha prometido también concederte sus mismas prerrogativas una vez que hayas sido divinizado y hecho inmortal.
Cristo, el Dios superior a todas las cosas, aquel que había establecido anular el pecado de los hombres, renovó al hombre viejo y lo llamó su propia imagen desde el principio. Así es como mostró el amor que tenía hacia ti. Si te harás dócil a sus santos mandamientos y llegarás a ser bueno como él, que es bueno, serás semejante a él y de él recibirás gloria. Dios no escatima sus bienes, él que por su gloria ha hecho de ti un dios.
Del tratado «La confutación de todas las herejías» de san Hipólito, sacerdote