El alma en gracia magnifica al Señor
El ángel, que anunciaba el misterio, quiso garantizar su veracidad con una prueba y anunció a la Virgen María la maternidad de una mujer vieja y estéril, para demostrar así que a Dios es posible todo lo que quiere. Apenas María oyó esto, se dirigió con prontitud hacia la montaña, no porque fuera incrédula de la profecía o incierta del anuncio o dudara de la prueba, sino porque estaba gozosa de la promesa y deseosa de cumplir devotamente un servicio, con el ímpetu que le venía de la íntima alegría. ¿Dónde, pues, llena de Dios, podía apresurarse a ir si no hacia lo alto? La gracia del Espíritu Santo no comporta lentitudes.
Inmediatamente se hacen sentir los beneficios de la venida de María y de la presencia del Señor. En efecto, «cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo» (cf. Lc 1, 41). Se debe prestar atención a la elección de las palabras individuales y a su significado. Isabel oyó primero la voz, pero Juan percibió primero la gracia; ella oyó según el orden de la naturaleza, él se regocijó en virtud del misterio; ella sintió la llegada de María, él la del Señor; la mujer la llegada de la mujer, el niño la llegada del niño. Ellas hablan de las gracias recibidas, ellos en el seno de sus madres realizan la gracia y el misterio de la misericordia en beneficio de las propias madres: y estas, por un doble milagro, profetizan bajo la inspiración de los hijos que llevan.
Se dice del hijo que se regocijó, y de la madre que se llenó del Espíritu Santo. No fue primero la madre a ser llena del Espíritu, sino que fue el hijo, lleno del Espíritu Santo, a llenar también a la madre.
Se regocijó Juan, se regocijó también el espíritu de María. Pero mientras de Isabel se dice que fue llena del Espíritu Santo cuando Juan se regocijó, de María, que ya estaba llena del Espíritu Santo, se dice que entonces su espíritu se regocijó. Aquel que es incomprensible, operaba de manera incomprensible en la madre. Una, Isabel, fue llena del Espíritu Santo después de la concepción, María, en cambio, antes de la concepción.
«Bienaventurada —dijo— tú que has creído» (cf. Lc 1, 45). Pero bienaventurados también vosotros que habéis oído y creído: todo alma que cree concibe y engendra al Verbo de Dios y reconoce sus obras.
Sea en cada uno el alma de María para magnificar al Señor; sea en cada uno el espíritu de María para regocijarse en Dios. Si hay una sola madre de Cristo según la carne, según la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos, pues todo alma recibe el Verbo de Dios, siempre que, inmaculada e inmune de vicios, custodie la castidad con pudor intemerato. Todo alma que podrá mantenerse así, magnifica al Señor como magnificó al Señor el alma de María, y su espíritu se regocijó en Dios Salvador.
Como habéis podido leer también en otro lugar: «Magnificad al Señor conmigo» (cf. Sal 33, 4), el Señor es magnificado no porque la palabra humana pueda añadir algo a la grandeza del Señor, sino porque él viene magnificado en nosotros. Cristo es la imagen de Dios: por eso el alma que cumple obras justas y piadosas magnifica la imagen de Dios a semejanza de la cual fue creada, y mientras la magnifica, participa de cierto modo en su grandeza y se eleva.
San Ambrosio