El Señor de manera concisa ha dicho: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12), y con estas palabras manda una cosa y promete otra. Esforcémonos, pues, en ejecutar lo que manda, porque de otro modo seríamos impudentes y descarados al exigir lo que ha prometido, sin decir que, en el juicio, nos sentiríamos reprochar: ¿Has hecho lo que te he mandado, para poder ahora pedir lo que te he prometido? ¿Qué cosa, pues, has mandado, Señor nuestro Dios? Te responderá: Que me sigas.
Has pedido un consejo de vida. ¿De qué vida, si no de aquella de la cual ha sido dicho: «En ti está la fuente de la vida»? (Sal 35, 10).
Pues pongámonos de inmediato a trabajar, sigamos al Señor: rompamos las cadenas que nos impiden seguirlo. Pero ¿quién podrá romper tales cadenas, si no nos ayuda aquel al cual fue dicho: «Has roto mis cadenas»? (Sal 115, 16). De él otro salmo dice: «El Señor libera a los cautivos, el Señor levanta a los caídos» (Sal 145, 7. 8).
¿Qué cosa siguen aquellos que han sido liberados y levantados, si no la luz de la cual se sienten decir: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas»? (Jn 8, 12). Sí, porque el Señor ilumina a los ciegos. Hermanos, ahora nuestros ojos son curados con el colirio de la fe. Antes, en efecto, mezcló su saliva con la tierra, para ungir al que había nacido ciego. También nosotros hemos nacido ciegos de Adán y necesitamos ser iluminados por él. Él mezcló la saliva con la tierra: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Mezcló la saliva con la tierra, porque ya había sido predicho: «La verdad brotará de la tierra» (Sal 84, 12) y él dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
Gozaremos de la verdad, cuando la veamos cara a cara, porque también esto nos viene prometido. ¿Quién osaría, en efecto, esperar lo que Dios no se hubiera dignado ni de prometer ni de dar?
Veamos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora conocemos en parte; ahora vemos como en un espejo, en forma confusa; pero entonces veremos cara a cara (cf. 1 Cor 13,12). Y el apóstol Juan en su carta añade: «Amadísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn 3, 2). Esta es la gran promesa.
Si lo amas, síguele. Tú dices: Lo amo, pero ¿por qué camino debo seguirlo? Si el Señor tu Dios te hubiera dicho: Yo soy la verdad y la vida, tú, deseando la verdad y anhelando la vida, buscarías de seguro el camino para llegar a la una y a la otra. Dirías a ti mismo: gran cosa es la verdad, gran bien es la vida: ¡oh! si fuera posible a mi alma encontrar el medio para llegar a ellas!
¿Buscas el camino? Escucha al Señor que te dice en primer lugar: Yo soy el camino. Antes de decirte a dónde debes ir, ha premiso por dónde debes pasar: «Yo soy», dijo, «el camino»! El camino para llegar a dónde? A la verdad y a la vida. Primero te indica el camino a tomar, luego el término a donde quieres llegar. «Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida». Permaneciendo junto al Padre, era verdad y vida; revistiéndose de nuestra carne, se ha convertido en el camino.
No te viene dicho: debes esforzarte a buscar el camino para llegar a la verdad y a la vida; no te viene dicho esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino ha venido a ti y te ha despertado del sueño, si acaso te ha despertado. ¡Levántate y camina!
Tal vez tú intentas caminar, pero no puedes porque te duelen los pies. ¿Por qué motivo te duelen? Porque han debido recorrer los duros senderos impuestos por tus tiránicos egoísmos? Pero el Verbo de Dios ha sanado también a los cojos.
Tú replicas: Sí, tengo los pies sanos, pero no veo el camino. Pues bien, sabe que él ha iluminado incluso a los ciegos.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo
Has pedido un consejo de vida. ¿De qué vida, si no de aquella de la cual ha sido dicho: «En ti está la fuente de la vida»? (Sal 35, 10).
Pues pongámonos de inmediato a trabajar, sigamos al Señor: rompamos las cadenas que nos impiden seguirlo. Pero ¿quién podrá romper tales cadenas, si no nos ayuda aquel al cual fue dicho: «Has roto mis cadenas»? (Sal 115, 16). De él otro salmo dice: «El Señor libera a los cautivos, el Señor levanta a los caídos» (Sal 145, 7. 8).
¿Qué cosa siguen aquellos que han sido liberados y levantados, si no la luz de la cual se sienten decir: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas»? (Jn 8, 12). Sí, porque el Señor ilumina a los ciegos. Hermanos, ahora nuestros ojos son curados con el colirio de la fe. Antes, en efecto, mezcló su saliva con la tierra, para ungir al que había nacido ciego. También nosotros hemos nacido ciegos de Adán y necesitamos ser iluminados por él. Él mezcló la saliva con la tierra: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Mezcló la saliva con la tierra, porque ya había sido predicho: «La verdad brotará de la tierra» (Sal 84, 12) y él dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
Gozaremos de la verdad, cuando la veamos cara a cara, porque también esto nos viene prometido. ¿Quién osaría, en efecto, esperar lo que Dios no se hubiera dignado ni de prometer ni de dar?
Veamos cara a cara. El Apóstol dice: Ahora conocemos en parte; ahora vemos como en un espejo, en forma confusa; pero entonces veremos cara a cara (cf. 1 Cor 13,12). Y el apóstol Juan en su carta añade: «Amadísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn 3, 2). Esta es la gran promesa.
Si lo amas, síguele. Tú dices: Lo amo, pero ¿por qué camino debo seguirlo? Si el Señor tu Dios te hubiera dicho: Yo soy la verdad y la vida, tú, deseando la verdad y anhelando la vida, buscarías de seguro el camino para llegar a la una y a la otra. Dirías a ti mismo: gran cosa es la verdad, gran bien es la vida: ¡oh! si fuera posible a mi alma encontrar el medio para llegar a ellas!
¿Buscas el camino? Escucha al Señor que te dice en primer lugar: Yo soy el camino. Antes de decirte a dónde debes ir, ha premiso por dónde debes pasar: «Yo soy», dijo, «el camino»! El camino para llegar a dónde? A la verdad y a la vida. Primero te indica el camino a tomar, luego el término a donde quieres llegar. «Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida». Permaneciendo junto al Padre, era verdad y vida; revistiéndose de nuestra carne, se ha convertido en el camino.
No te viene dicho: debes esforzarte a buscar el camino para llegar a la verdad y a la vida; no te viene dicho esto. Perezoso, ¡levántate! El mismo camino ha venido a ti y te ha despertado del sueño, si acaso te ha despertado. ¡Levántate y camina!
Tal vez tú intentas caminar, pero no puedes porque te duelen los pies. ¿Por qué motivo te duelen? Porque han debido recorrer los duros senderos impuestos por tus tiránicos egoísmos? Pero el Verbo de Dios ha sanado también a los cojos.
Tú replicas: Sí, tengo los pies sanos, pero no veo el camino. Pues bien, sabe que él ha iluminado incluso a los ciegos.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo