Una vez Pablo, encontrándose en prisión y en graves apuros por haber profesado la verdad, recibió de los hermanos lo necesario para proveer a su necesidad. Él respondió, dándoles gracias, con estas palabras: «Hacéis bien en tomar parte en mi tribulación. Yo, en efecto, "he experimentado gran alegría en el Señor, porque por fin habéis hecho florecer vuestros sentimientos hacia mí. En realidad, ya los teníais antes, pero os faltaba la ocasión de mostrarlos. No os digo esto por necesidad, pues he aprendido a bastarme a mí mismo en toda circunstancia y he aprendido a ser pobre y he aprendido a ser rico"» (Flp 4, 10-14).
Ma, para mostrar lo que él buscaba en aquella obra buena, para no ser de aquellos que se alimentan a sí mismos y no a las ovejas, no se alegra tanto de que hayan atendido a su necesidad, cuanto se regocija de su fecundidad. ¿Qué buscaba, pues, en este gesto? «No busco vuestro don, sino el fruto» (Flp 4, 17). No porque yo, dice, esté saciado, sino para que vosotros no seáis estériles.
Por lo tanto, los pastores que no pueden hacer como Pablo, es decir, mantenerse con el trabajo de sus propias manos, tomen de los fieles lo que es necesario para su sustento, pero sean sensibles a la inmadurez de la conciencia de sus fieles. No se preocupen tanto de su propio interés, de modo que parezca que predicen el Evangelio para tener de qué vivir, sino que se comporten de manera que se entienda que están preocupados únicamente por poder estar más disponibles para adquirir aquella luz de la palabra y de la verdad que luego deben dispensar a los otros para iluminarlos. Deben ser, en efecto, como lámparas, según está escrito: «Estad ceñidos a la cintura y con las lámparas encendidas» (Lc 12, 35). Y también: «Ninguno enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 15-16).
Si, por tanto, se encendiera una lámpara en tu casa, ¿no añadirías acaso aceite para que no se apague? Pero si la lámpara, recibido el aceite, no hiciera luz, no merecería ser puesta sobre el candelero, sino ser hecha pedazos.
Es justo recibir lo necesario para vivir, y es signo de caridad ofrecerlo. No como si el Evangelio fuera mercancía para vender y que su valor esté representado por lo que reciben para su sustento aquellos que lo anuncian. Si, en efecto, hicieran tal comercio, venderían a vil precio una cosa de valor incomparable. Reciben también del pueblo lo necesario para el mantenimiento, pero la verdadera recompensa por su servicio la esperen del Señor. El pueblo, en efecto, nunca estará en capacidad de recompensar adecuadamente a aquellos que lo sirven por amor del Evangelio. Estos no pueden esperar la recompensa sino de aquella fuente de la cual el pueblo espera la salvación.
¿Qué se reprocha entonces a los pastores? ¿Por qué son acusados? Porque, mientras toman la leche y se cubren de lana, descuidan a su rebaño. Buscan, pues, únicamente su propio provecho, no los intereses de Cristo.
Del «Discurso sobre los pastores» de san Agustín, obispo