Así como la cabeza y el cuerpo forman un solo hombre, así el Hijo de la Virgen y sus miembros elegidos constituyen un solo hombre y el único Hijo del hombre. Según la Escritura, el Cristo total e integral es cabeza y cuerpo, es decir, todos los miembros juntos son un único cuerpo, el cual con su cabeza es el único Hijo del hombre, con el Hijo de Dios es el único Hijo de Dios, con Dios es él mismo un solo Dios. Por tanto, todo el cuerpo con la cabeza es Hijo del hombre, Hijo de Dios, Dios.
Por eso se lee en el evangelio: Quiero, Padre, que como tú y yo somos uno, también ellos sean uno en nosotros (cf. Jn 17, 21). Según este célebre texto de la Escritura, ni el cuerpo está sin cabeza, ni la cabeza sin cuerpo, ni el Cristo total, cabeza y cuerpo, está sin Dios. Todo con Dios es un solo Dios. Pero el Hijo de Dios está con Dios por naturaleza, el Hijo del hombre está con él en persona, mientras que su cuerpo forma con él una realidad sacramental.
Por tanto, los miembros auténticos y fieles de Cristo pueden decir de sí, en toda verdad, lo que él es, también Hijo de Dios, también Dios. Pero lo que él es por naturaleza, los miembros lo son por participación; lo que él es, lo es en plenitud, ellos lo son solo parcialmente. Finalmente, lo que el Hijo de Dios es por generación, sus miembros lo son por adopción, como está escrito: «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, por el cual clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15).
Según este Espíritu «dio poder para llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12), porque uno a uno somos instruidos, por aquel que es el primogénito entre muchos hermanos, a decir: «Padre nuestro, que estás en los cielos». Y en otro lugar: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jn 20, 17).
En efecto, por ese mismo Espíritu por el cual el Hijo del hombre, nuestra cabeza, nació del seno de la Virgen, nosotros renacemos del fuente bautismal hijos de Dios, su cuerpo. Y como él fue sin ningún pecado, así también nosotros obtenemos la remisión de todos los pecados.
Como él llevó en su cuerpo de carne sobre la cruz los pecados de todo el cuerpo de carne, así dona a todo el cuerpo místico la liberación de los pecados por la gracia de la regeneración. Está escrito en efecto: «Dichoso el hombre a quien Dios no le imputa pecado alguno» (Sal 31, 2). Este hombre dichoso es sin duda Cristo. Él, por el hecho de que la cabeza del Cristo místico es Dios, remite los pecados; y por el hecho de que la cabeza del cuerpo es un único hombre, no tiene nada que perdonarse. Y luego, aunque el cuerpo de la cabeza esté constituido por muchos, nada le es imputado.
Él es justo en sí mismo y se justifica a sí mismo. Único salvador, único salvado. Él llevó en su cuerpo sobre la cruz lo que removió de su cuerpo a través del bautismo y salva aún por medio de la cruz y del agua. Es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, que había tomado sobre sí. Es sacerdote y sacrificio y Dios. Por esto, ofreciéndose a sí mismo, se reconcilia a sí mismo por medio de sí mismo con sí mismo y además con el Padre y con el Espíritu Santo.
De los Discursos del beato Isaaco, abad del monasterio
Por eso se lee en el evangelio: Quiero, Padre, que como tú y yo somos uno, también ellos sean uno en nosotros (cf. Jn 17, 21). Según este célebre texto de la Escritura, ni el cuerpo está sin cabeza, ni la cabeza sin cuerpo, ni el Cristo total, cabeza y cuerpo, está sin Dios. Todo con Dios es un solo Dios. Pero el Hijo de Dios está con Dios por naturaleza, el Hijo del hombre está con él en persona, mientras que su cuerpo forma con él una realidad sacramental.
Por tanto, los miembros auténticos y fieles de Cristo pueden decir de sí, en toda verdad, lo que él es, también Hijo de Dios, también Dios. Pero lo que él es por naturaleza, los miembros lo son por participación; lo que él es, lo es en plenitud, ellos lo son solo parcialmente. Finalmente, lo que el Hijo de Dios es por generación, sus miembros lo son por adopción, como está escrito: «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, por el cual clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15).
Según este Espíritu «dio poder para llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12), porque uno a uno somos instruidos, por aquel que es el primogénito entre muchos hermanos, a decir: «Padre nuestro, que estás en los cielos». Y en otro lugar: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre» (Jn 20, 17).
En efecto, por ese mismo Espíritu por el cual el Hijo del hombre, nuestra cabeza, nació del seno de la Virgen, nosotros renacemos del fuente bautismal hijos de Dios, su cuerpo. Y como él fue sin ningún pecado, así también nosotros obtenemos la remisión de todos los pecados.
Como él llevó en su cuerpo de carne sobre la cruz los pecados de todo el cuerpo de carne, así dona a todo el cuerpo místico la liberación de los pecados por la gracia de la regeneración. Está escrito en efecto: «Dichoso el hombre a quien Dios no le imputa pecado alguno» (Sal 31, 2). Este hombre dichoso es sin duda Cristo. Él, por el hecho de que la cabeza del Cristo místico es Dios, remite los pecados; y por el hecho de que la cabeza del cuerpo es un único hombre, no tiene nada que perdonarse. Y luego, aunque el cuerpo de la cabeza esté constituido por muchos, nada le es imputado.
Él es justo en sí mismo y se justifica a sí mismo. Único salvador, único salvado. Él llevó en su cuerpo sobre la cruz lo que removió de su cuerpo a través del bautismo y salva aún por medio de la cruz y del agua. Es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, que había tomado sobre sí. Es sacerdote y sacrificio y Dios. Por esto, ofreciéndose a sí mismo, se reconcilia a sí mismo por medio de sí mismo con sí mismo y además con el Padre y con el Espíritu Santo.
De los Discursos del beato Isaaco, abad del monasterio