Imita la tierra, oh hombre, produce también tú tus frutos para no ser inferior a las cosas materiales. La tierra produce frutos, pero no puede disfrutarlos y los produce para tu beneficio. Tú, en cambio, puedes recoger para tu ventaja todo lo que vas produciendo. En efecto, la recompensa y el premio de las buenas obras van a quienes las han cumplido. Si has dado al hambriento, se vuelve tuyo todo lo que le has donado, sino que retorna a ti aumentado. Como el trigo, que cae en tierra, va en beneficio de quien lo sembró, así el pan dado al hambriento trae muchos beneficios.
Lo que es el fin de la agricultura sea para ti el criterio de la siembra espiritual. «Sembrad para vosotros según justicia» (Os 10, 12), así dice la Escritura. Vendrá el momento en que deberás abandonar las riquezas, incluso contra tu voluntad, mientras llevarás al Señor la gloria adquirida con las buenas obras. Cuando te presentes ante el juez universal, el pueblo te llamará benefactor y generoso donador y te aplicará los mejores apelativos de la caridad y de la bondad.
¿No ves a aquellos que, por un honor de breve duración o por el estrépito y el aplauso de la gente, derraman riquezas en la organización de espectáculos, competiciones atléticas, comedias, luchas crueles con las fieras, luchas que la gente desprecia en su primera presentación? Tú, en cambio, eres parco precisamente en aquellos gastos que pueden procurarte una gloria inmensa.
Sé activo en el bien. Entonces Dios te aprobará, los ángeles te alabarán, todos los hombres que han existido desde la creación del mundo en adelante te proclamarán bienaventurado, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos como premio del recto uso de las cosas terrenas y caducas.
Pero, a lo que parece, de todos los grandes e incorruptibles bienes, objeto de la bienaventurada esperanza, no te cuidas en absoluto, codicioso como eres solo de bienes terrenales. No, no hagas así. Sé liberal con lo que posees, sé generoso, sino que munífico, al afrontar gastos en beneficio de los necesitados. Que se diga también de ti: «Él dona largamente a los pobres: su justicia permanece para siempre» (Sal 111, 9).
¿Cuánto deberías ser agradecido al donador benéfico por aquel honor que te es hecho! ¿Cuánto deberías estar contento de no tener que tú golpear a la puerta ajena, sino los otros a las tuyas! Y en cambio eres intransigente e inabordable. Evitas encontrarte con quien podría pedirte alguna moneda. Tú no conoces más que una frase: «No tengo nada y no puedo dar nada, porque soy desvalido». En efecto, tú eres verdaderamente pobre, sino que privado de todo bien verdadero. Eres pobre de amor, pobre de humanidad, pobre de fe en Dios, pobre de esperanza en las realidades eternas.
De las «Homilías» de San Basilio Magno, obispo
Lo que es el fin de la agricultura sea para ti el criterio de la siembra espiritual. «Sembrad para vosotros según justicia» (Os 10, 12), así dice la Escritura. Vendrá el momento en que deberás abandonar las riquezas, incluso contra tu voluntad, mientras llevarás al Señor la gloria adquirida con las buenas obras. Cuando te presentes ante el juez universal, el pueblo te llamará benefactor y generoso donador y te aplicará los mejores apelativos de la caridad y de la bondad.
¿No ves a aquellos que, por un honor de breve duración o por el estrépito y el aplauso de la gente, derraman riquezas en la organización de espectáculos, competiciones atléticas, comedias, luchas crueles con las fieras, luchas que la gente desprecia en su primera presentación? Tú, en cambio, eres parco precisamente en aquellos gastos que pueden procurarte una gloria inmensa.
Sé activo en el bien. Entonces Dios te aprobará, los ángeles te alabarán, todos los hombres que han existido desde la creación del mundo en adelante te proclamarán bienaventurado, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos como premio del recto uso de las cosas terrenas y caducas.
Pero, a lo que parece, de todos los grandes e incorruptibles bienes, objeto de la bienaventurada esperanza, no te cuidas en absoluto, codicioso como eres solo de bienes terrenales. No, no hagas así. Sé liberal con lo que posees, sé generoso, sino que munífico, al afrontar gastos en beneficio de los necesitados. Que se diga también de ti: «Él dona largamente a los pobres: su justicia permanece para siempre» (Sal 111, 9).
¿Cuánto deberías ser agradecido al donador benéfico por aquel honor que te es hecho! ¿Cuánto deberías estar contento de no tener que tú golpear a la puerta ajena, sino los otros a las tuyas! Y en cambio eres intransigente e inabordable. Evitas encontrarte con quien podría pedirte alguna moneda. Tú no conoces más que una frase: «No tengo nada y no puedo dar nada, porque soy desvalido». En efecto, tú eres verdaderamente pobre, sino que privado de todo bien verdadero. Eres pobre de amor, pobre de humanidad, pobre de fe en Dios, pobre de esperanza en las realidades eternas.
De las «Homilías» de San Basilio Magno, obispo