Unidad en la caridad
En muchos formamos un solo cuerpo y somos miembros los unos de los otros, uniéndonos a Cristo en la unidad con el vínculo de la caridad, como está escrito: «Él es el que ha hecho de dos un solo pueblo, derribando el muro de separación que estaba en medio, al anular la ley de los preceptos y decretos» (Ef 2, 14). Es necesario, por tanto, que todos tengamos los mismos sentimientos. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él.
«Por tanto, acogeos unos a otros, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rm 15, 7). Nos acogeremos mutuamente si procuramos tener los mismos sentimientos, soportando cada uno el peso del otro y conservando «la unidad del espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4, 3). Del mismo modo, Dios nos ha acogido también a nosotros en Cristo. En efecto, es veraz el que dijo: Dios amó tanto al mundo que nos dio a su Hijo (cf. Jn 3, 16).
Cristo fue sacrificado por la vida de todos y todos hemos sido trasladados de la muerte a la vida y redimidos de la muerte y del pecado.
Cristo se hizo ministro de los circuncisos para demostrar la fidelidad de Dios. En efecto, Dios había prometido a los progenitores de los hebreos que bendeciría a su descendencia y la multiplicaría como las estrellas del cielo. Por esto, Dios, el Verbo que crea y conserva toda cosa creada y da a todos su salvación divina, se hizo hombre y apareció visiblemente como tal. Vino a este mundo en la carne no para ser servido, sino más bien, como él mismo dice, para servir y dar su vida en redención de todos.
Afirmó con fuerza haber venido expresamente para cumplir las promesas hechas a Israel. Dijo, en efecto: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15, 24). Con toda verdad, Pablo dice que Cristo fue ministro de los circuncisos para ratificar las promesas hechas a los padres. El Unigénito fue sacrificado por el Padre Dios para que los paganos obtuvieran misericordia y lo glorificaran como Creador y Pastor de todos, Salvador y Redentor. La clemencia suprema fue, por tanto, extendida a todos, también a los paganos, y así el misterio de la sabiduría en Cristo no falló en su propósito de bondad. En lugar de los que habían caído, ¡el mundo entero fue salvado, por la misericordia de Dios!
San Cirilo de Alejandría, obispo