Moisés escribió en la ley: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27. 26). Considerad, os ruego, la grandeza de esta expresión. Dios omnipotente, invisible, incomprensible, inefable, inestimable, modeló al hombre del lodo de la tierra y lo nobilitó con la dignidad de su imagen. ¿Qué puede haber de común entre el hombre y Dios, entre el lodo y el espíritu? «Dios», en efecto, «es espíritu» (Jn 4, 24). ¡Qué gran condescendencia fue esta, que Dios haya dado al hombre la imagen de su eternidad y la semejanza de su divino obrar! Gran dignidad deriva al hombre de esta semejanza con Dios, siempre que sepa conservarla. Gravísimo título de condenación es, en cambio, para él la profanación de aquella imagen. Si el hombre usará rectamente de aquellas facultades que Dios ha concedido a su alma, entonces será semejante a Dios. Recordemos que le debemos restituir todos aquellos dones que él ha depositado en nosotros cuando estábamos en la condición originaria. Nos ha enseñado el modo con sus mandamientos.
El primero de ellos es el de amar al Señor nuestro con todo el corazón, porque él por primer nos amó, desde el principio de los tiempos, antes aún de que viniéramos a la luz de este mundo.
El amor de Dios es la renovación de su imagen. Ama verdaderamente a Dios quien observa sus mandamientos, porque él ha dicho: «Si me amáis, observaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15). Su mandamiento es el amor recíproco. Así ha sido dicho: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 15, 12).
El verdadero amor, sin embargo, no se demuestra con las palabras solamente «sino con los hechos y en la verdad» (1 Jn 3, 18). Debemos, por tanto, restituir a Dios y Padre nuestro su imagen no deformada, sino conservada íntegra mediante la santidad de la vida, porque él es santo. Por esto ha sido dicho: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11, 44). Debemos restituirselo en la caridad, porque él es caridad, según dice Juan: «Dios es caridad» (1 Jn 4, 18). Debemos restituirselo en la bondad y en la verdad, porque él es bueno y veraz.
No somos, pues, pintores de una imagen diversa de esta. Pinta en sí la imagen de un tirano quien es violento, fácil a la ira y soberbio. Para que no suceda que pintemos en nuestro ánimo imágenes tiránicas, intervenga Cristo mismo y trace en nuestro espíritu los rasgos precisos de Dios. Lo haga precisamente transfundiendo en nosotros su paz, él que ha dicho: «Os dejo mi paz, os doy mi paz» (Jn 14, 27). ¿Qué nos serviría, sin embargo, saber que la paz es en sí buena, si luego no fuéramos capaces de conservarla? En general, las cosas mejores son también las más frágiles. Las cosas más preciosas, además, exigen la vigilancia más cautelosa y diligente. Es demasiado frágil aquello que se rompe con una sola palabra o que va en ruina por la más pequeña ofensa al hermano. Nada agrada tanto a los hombres como hablar de las cosas ajenas, preocuparse de los asuntos de los demás y pasar el tiempo en conversaciones inútiles, murmurando de los ausentes.
Callan aquellos que no pueden decir: «El Señor me ha dado lengua de iniciados, para que yo sepa dirigir al desconfiado una palabra» (Is 50, 4) y, si dicen algo, sea una palabra de paz.

De las «Instrucciones» de San Columbano, abad