«¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16). Yo he sido enviado por él, por el propio Cristo para esto. Yo soy apóstol, yo soy testigo. Cuanto más lejana es la meta, cuanto más difícil es mi misión, tanto más urgente es el amor que me impulsa a ello. Debo confesar su nombre: Jesús es el Cristo, Hijo de Dios vivo (cf. Mt 16, 16). Él es el revelador de Dios invisible, es el primogénito de toda criatura (cf. Col 1, 15). Es el fundamento de todas las cosas (cf. Col 1, 12). Él es el Maestro de la humanidad, y el Redentor. Él ha nacido, ha muerto, ha resucitado por nosotros. Él es el centro de la historia y del mundo. Él es el que nos conoce y que nos ama. Él es el compañero y el amigo de nuestra vida. Él es el hombre del dolor y de la esperanza. Es el que debe venir y que debe un día ser nuestro juez y, como esperamos, la plenitud eterna de nuestra existencia, nuestra felicidad. No acabaría de hablar de él. Él es la luz, es la verdad, antes bien él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Él es el pan, la fuente de agua viva para nuestra hambre y para nuestra sed, él es el pastor, nuestra guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Como nosotros, y más que nosotros, él ha sido pequeño, pobre, humillado, trabajador y paciente en la sufrimiento. Por nosotros ha hablado, ha realizado milagros, ha fundado un reino nuevo, donde los pobres son bienaventurados, donde la paz es principio de convivencia, donde los puros de corazón y los que lloran son exaltados y consolados, donde los que aspiran a la justicia son reivindicados, donde los pecadores pueden ser perdonados, donde todos son hermanos.
Jesucristo: habéis oído hablar de él, antes bien, la mayoría de vosotros, sin duda, ya sois suyos, sois cristianos. Pues bien, a vosotros, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; la alfa y la omega. Él es el rey del mundo nuevo. Él es el secreto de la historia. Él es la clave de nuestros destinos. Él es el mediador, el puente entre la tierra y el cielo; él es por antonomasia el Hijo del hombre, porque él es el Hijo de Dios, eterno, infinito; es el Hijo de María, la bendita entre todas las mujeres, su madre en la carne, madre nuestra en la participación al Espíritu del Cuerpo místico.
¡Jesucristo! Recordad: este es nuestro anuncio perenne, es la voz que hacemos resonar por toda la tierra, y por todos los siglos de los siglos.

Pablo VI, papa