Los presbíteros sean compasivos y misericordiosos con todos; corrijan a los que se han extraviado, visiten a los enfermos sin descuidar a la viuda, al huérfano, al pobre; se comporten bien delante de Dios y de los hombres (cf. 2 Cor 8, 21). Contengan la ira, eviten toda preferencia personal, todo juicio injusto, todas las formas de avaricia. No presten oído a lo que se dice de mal contra nadie y no sean demasiado severos al juzgar, conscientes de que todos somos culpables de pecado.
Si pedimos al Señor que nos perdone, debemos a nuestra vez perdonar; estamos bajo la mirada del Señor Dios, y «todos compareceremos ante el tribunal de Cristo y cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Rm 14, 10. 12). Sirvámosle, pues, con temor y con gran respeto, como él mismo nos lo mandó y los apóstoles que nos predicaron el Evangelio y los profetas que nos anunciaron la venida del Señor. Promovamos el bien con todas nuestras fuerzas, evitemos los escándalos, los falsos hermanos y aquellos que hipócritamente se jactan del nombre del Señor y engañan a los necios.
El que no reconoce que Jesucristo ha venido en carne, es anticristo (cf. 1 Jn 4, 2. 3; 2 Jn 7), y el que no reconoce el testimonio de la cruz es del diablo; y el que pervierte las palabras del Señor según sus propias pasiones y niega la resurrección y el juicio, ese es primogénito de Satanás. Dejemos, pues, de lado las vanas conversaciones de la gente y las falsas doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos fue transmitida desde el principio: Seamos moderados y sobrios para dedicarnos a la oración (cf. 1 Pt 4, 7). Perseveremos en el ayuno y pidamos con súplicas a Dios, que todo lo ve, que «no nos deje caer en tentación» (Mt 6, 13), porque, como dijo el Señor, «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41).
Permanezcamos firmemente anclados en nuestra esperanza y en la prenda de nuestra justicia, Jesucristo, «que llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de la cruz. Él no cometió pecado ni se halló engaño en su boca» (1 Pt 2, 24. 22). Pero por nosotros soportó todo para que viviéramos en él. Seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si tuviéramos que sufrir por su nombre, le demos gloria. Este es el ejemplo que él nos dio en sí mismo, y en él hemos creído.
De la «Carta a los Filipenses» de san Policarpo, obispo y mártir
El que no reconoce que Jesucristo ha venido en carne, es anticristo (cf. 1 Jn 4, 2. 3; 2 Jn 7), y el que no reconoce el testimonio de la cruz es del diablo; y el que pervierte las palabras del Señor según sus propias pasiones y niega la resurrección y el juicio, ese es primogénito de Satanás. Dejemos, pues, de lado las vanas conversaciones de la gente y las falsas doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos fue transmitida desde el principio: Seamos moderados y sobrios para dedicarnos a la oración (cf. 1 Pt 4, 7). Perseveremos en el ayuno y pidamos con súplicas a Dios, que todo lo ve, que «no nos deje caer en tentación» (Mt 6, 13), porque, como dijo el Señor, «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt 26, 41).
Permanezcamos firmemente anclados en nuestra esperanza y en la prenda de nuestra justicia, Jesucristo, «que llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero de la cruz. Él no cometió pecado ni se halló engaño en su boca» (1 Pt 2, 24. 22). Pero por nosotros soportó todo para que viviéramos en él. Seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si tuviéramos que sufrir por su nombre, le demos gloria. Este es el ejemplo que él nos dio en sí mismo, y en él hemos creído.
De la «Carta a los Filipenses» de san Policarpo, obispo y mártir