Donde Jesús ha subido, allí esté nuestro corazón

Hoy nuestro Señor Jesucristo ha ascendido al cielo. Con él suba también nuestro corazón.

Escuchemos al apóstol Pablo que proclama: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo que está arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Pensad en lo que está arriba, no en lo que está en la tierra» (Col 3, 1-2). Como él ha ascendido y no se ha alejado de nosotros, así también nosotros ya estamos allí con él, aunque en nuestro cuerpo no se haya cumplido aún lo que nos ha sido prometido.

Cristo está ya exaltado por encima de los cielos, pero sufre aquí en la tierra todas las tribulaciones que nosotros soportamos como sus miembros. De esto dio seguridad haciendo sentir aquel grito: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4). Y así también: «Tuve hambre y me disteis de comer» (Mt 25, 35).

¿Por qué, entonces, no trabajamos también nosotros en esta tierra, de manera que ya descansen con Cristo en el cielo, nosotros que estamos unidos a nuestro Salvador a través de la fe, la esperanza y la caridad? Cristo, en efecto, aunque está allí arriba, permanece aún con nosotros. Y nosotros, de manera semejante, aunque moramos aquí abajo, ya estamos con él. Y Cristo puede asumir esta conducta en virtud de su divinidad y omnipotencia. A nosotros, en cambio, nos es posible, no porque seamos seres divinos, sino por el amor que le profesamos. Él no abandonó el cielo, descendiendo hasta nosotros; ni tampoco se alejó de nosotros, cuando de nuevo ascendió al cielo. En efecto, él mismo da testimonio de estar allí arriba mientras estaba aquí en la tierra: Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo (cf. Jn 3, 13).

Esta afirmación fue pronunciada para subrayar la unidad entre él, nuestro cabeza, y nosotros, su cuerpo. Por lo tanto, nadie puede realizar un acto semejante si no es Cristo, porque también nosotros somos él, por el hecho de que él es el Hijo del hombre por nosotros, y nosotros somos hijos de Dios por él.

Así se expresa el Apóstol hablando de esta realidad: «Así como el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros y todos los miembros, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo» (1 Cor 12, 12). El Apóstol no dice: «Así Cristo», sino que subraya: «Así también Cristo». Cristo, pues, tiene muchos miembros, pero un solo cuerpo.

Por eso él descendió del cielo por su misericordia y no ha ascendido sino él, mientras nosotros, únicamente por gracia, hemos ascendido en él. Y así no descendió sino Cristo y no ha ascendido sino Cristo. Esto no porque la dignidad de la cabeza se confunda en el cuerpo, sino porque la unidad del cuerpo no se separe de la cabeza.

Santo Agustín, obispo