Sabiendo bien la sierva de Dios que las piedras vivas, que están destinadas a la construcción de la Jerusalén celestial, deben ser pulidas en este mundo a golpes de contrariedades y humillaciones, y que para ascender a la felicidad eterna y a la patria gloriosa es necesario pasar por muchas tribulaciones, se entregó por completo a las adversidades de las sufrimientos, y sin compasión consumó su cuerpo con muchos flagelos. Se mortificaba, en efecto, cada día con ayunos y abstinencias tales, que muchos se maravillaban de cómo una mujer tan débil y delicada podía soportar tormentos de tal género.
Cuanto más a menudo se entregaba a la mortificación del cuerpo, en la cual, no obstante, usaba una discreta inteligencia, tanto más rápidamente avanzaba en el vigor del espíritu y en el aumento de la gracia, continuamente alimentada por el fuego del divino amor y de la devoción. En efecto, muchas veces era elevada en alto y se entretenía con Dios con un deseo tan encendido que, hecha insensible, no percibía ya la presencia de este mundo.
Como con la devoción del alma tendía siempre a Dios, así se inclinaba hacia el prójimo con su benéfica caridad. Daba generosamente limosna a los necesitados, otorgaba beneficios a comunidades y personas religiosas, tanto fuera como dentro de los monasterios, fue magnánima con las viudas y los huérfanos, con los enfermos y los débiles, con los leprosos y los presos, con los peregrinos y las nodrizas necesitadas de sustento. En fin, concedía todo género de favores y no permitió que nadie se marchara de ella sin haber recibido ayuda.
Y como esta sierva de Dios no dejó nunca de hacer todo el bien que podía, Dios le concedió una gracia particular. Cuando se sentía humana- mente totalmente agotada y desprovista de fuerzas, con la potencia divina de la pasión de Cristo lograba aún hacer lo que la necesidad del prójimo le exigía. Por eso, a cuantos acudían a ella por la salud del alma y del cuerpo, a todos prestaba ayuda según el beneplácito de la divina bondad.
De la «Vida de Santa Edvige» escrita por un autor contemporáneo
Cuanto más a menudo se entregaba a la mortificación del cuerpo, en la cual, no obstante, usaba una discreta inteligencia, tanto más rápidamente avanzaba en el vigor del espíritu y en el aumento de la gracia, continuamente alimentada por el fuego del divino amor y de la devoción. En efecto, muchas veces era elevada en alto y se entretenía con Dios con un deseo tan encendido que, hecha insensible, no percibía ya la presencia de este mundo.
Como con la devoción del alma tendía siempre a Dios, así se inclinaba hacia el prójimo con su benéfica caridad. Daba generosamente limosna a los necesitados, otorgaba beneficios a comunidades y personas religiosas, tanto fuera como dentro de los monasterios, fue magnánima con las viudas y los huérfanos, con los enfermos y los débiles, con los leprosos y los presos, con los peregrinos y las nodrizas necesitadas de sustento. En fin, concedía todo género de favores y no permitió que nadie se marchara de ella sin haber recibido ayuda.
Y como esta sierva de Dios no dejó nunca de hacer todo el bien que podía, Dios le concedió una gracia particular. Cuando se sentía humana- mente totalmente agotada y desprovista de fuerzas, con la potencia divina de la pasión de Cristo lograba aún hacer lo que la necesidad del prójimo le exigía. Por eso, a cuantos acudían a ella por la salud del alma y del cuerpo, a todos prestaba ayuda según el beneplácito de la divina bondad.
De la «Vida de Santa Edvige» escrita por un autor contemporáneo