Habiendo Cristo reconciliado al mundo con Dios, no tuvo ciertamente él mismo necesidad de reconciliación. En efecto, ¿qué pecado propio habría expiado él que no conoció pecado? Por eso, cuando los judíos le preguntaron por el impuesto, destinado al templo, y que la ley prescribía por el pecado, él dijo a Pedro: «Simón, ¿de quién cobran los reyes de esta tierra los impuestos y los tributos? ¿De sus hijos o de los extraños? Respondió: De los extraños. Y Jesús: Por tanto, los hijos están exentos. Pero para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y el primer pez que salga, tómalo, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Tóma y dásela a ellos por mí y por ti» (Mt 17, 25-27).
El Hijo de Dios demuestra que no debe ofrecer reparación por sus propios pecados, porque no era esclavo del pecado, sino libre de toda culpa. En efecto, el Hijo libera, mientras que el siervo está en la culpa. Por tanto, está exento de todos los pecados y no paga el precio del rescate por su propia alma aquel que con su sangre da un precio suficiente para redimir los pecados de todo el mundo. Justamente, pues, libera a los otros aquel que no debe nada por sí mismo.
Diré más. No solo Cristo no debe ningún precio de redención por sí mismo ni de propiciación por su propio pecado, sino tampoco los hombres individuales como tales. Es decir, el individuo no tiene que presentar una propiciación propia, porque la propiciación para todos es Cristo y él es la redención de cada uno.
En efecto, ¿la sangre de qué hombre puede tener aún un valor determinante para su redención, después de que Cristo ha derramado la suya por la redención de todos? ¿Acaso hay sangre de alguien que pueda compararse con la sangre de Cristo? O bien, ¿quién es ese hombre tan poderoso que pueda ofrecer por sí mismo su propia propiciación, más eficaz que la que Cristo ofreció en su cuerpo, él que solo ha reconciliado al mundo con Dios con su propia sangre? ¿Qué víctima más grande, qué sacrificio más válido, qué abogado mejor que aquel que se ha hecho intercesión por los pecados de todos y ha dado su vida en redención por nosotros? 
Lo que tiene valor determinante no es la reparación o la redención propia de los individuos. El precio pagado por todos es la sangre de Cristo con la cual el Señor Jesús nos ha redimido. Solo él nos ha reconciliado con el Padre y ha sufrido hasta el extremo, tomando sobre sí nuestra aflicción. Por esto dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).

San Ambrosio, obispo
Del «Comentario sobre los salmos»