La Iglesia, esparcida por todo el mundo, hasta los últimos confines de la tierra, recibió de los apóstoles y de sus discípulos la fe en el único Dios, Padre omnipotente, que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que en ellos está contenido (cf. Hch 4, 24). La Iglesia acogió la fe en el único Jesucristo, Hijo de Dios, que se encarnó por nuestra salvación. Creyó en el Espíritu Santo que por medio de los profetas manifestó el designio divino de salvación: es decir, la venida de Cristo, nuestro Señor, su nacimiento de la Virgen, su pasión y su resurrección de entre los muertos, su ascensión corporal al cielo y su venida final con la gloria del Padre. Entonces vendrá para «recapitular todas las cosas» (Ef 1, 10) y resucitar a todo hombre, para que ante Jesucristo, nuestro Señor y Dios y Salvador y Rey según el beneplácito del Padre invisible, «se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y bajo la tierra, y toda lengua lo proclame» (Flp 2, 10) y él pronuncie sobre todos su juicio inapelable.
Habiendo recibido, como dije, tal mensaje y tal fe, la Iglesia los custodia con extrema diligencia, toda compacta como si habitara en una única casa, aunque esté esparcida por doquier. Adhiere a ellos unánimemente como si tuviera un solo alma y un solo corazón. Los proclama, los enseña y los transmite al unísono, como si poseyera una única boca.
Pues aunque en el mundo sean diversas las lenguas, única e idéntica es la fuerza de la tradición. Por lo cual las iglesias fundadas en Alemania no creen ni transmiten una doctrina distinta de las que se encuentran en España o en las tierras de los celtas o en Oriente o en Egipto o en Libia o en el centro del mundo. Como el sol, criatura de Dios, es único en todo el universo, así la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que desean llegar al conocimiento de la verdad. Y así, entre los que presiden las iglesias, nadie anuncia una doctrina distinta de esta, porque nadie está por encima de su maestro.
Se trate de un gran orador o de un miserable parlanchín, todos enseñan la misma verdad. Nadie menosprecia el contenido de la tradición. Única e idéntica es la fe. Por tanto, ni el elocuente puede enriquecerla, ni el tartamudo empobrecerla.
Del tratado «Contra las herejías» de San Ireneo, obispo
Habiendo recibido, como dije, tal mensaje y tal fe, la Iglesia los custodia con extrema diligencia, toda compacta como si habitara en una única casa, aunque esté esparcida por doquier. Adhiere a ellos unánimemente como si tuviera un solo alma y un solo corazón. Los proclama, los enseña y los transmite al unísono, como si poseyera una única boca.
Pues aunque en el mundo sean diversas las lenguas, única e idéntica es la fuerza de la tradición. Por lo cual las iglesias fundadas en Alemania no creen ni transmiten una doctrina distinta de las que se encuentran en España o en las tierras de los celtas o en Oriente o en Egipto o en Libia o en el centro del mundo. Como el sol, criatura de Dios, es único en todo el universo, así la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que desean llegar al conocimiento de la verdad. Y así, entre los que presiden las iglesias, nadie anuncia una doctrina distinta de esta, porque nadie está por encima de su maestro.
Se trate de un gran orador o de un miserable parlanchín, todos enseñan la misma verdad. Nadie menosprecia el contenido de la tradición. Única e idéntica es la fe. Por tanto, ni el elocuente puede enriquecerla, ni el tartamudo empobrecerla.
Del tratado «Contra las herejías» de San Ireneo, obispo