Busquemos un alimento que no perece, cumplamos la obra de nuestra salvación. Trabajemos en la viña del Señor, para que podamos merecer nuestro pan de cada día. Actuemos a la luz de la sabiduría que dice: El que obra a mi luz no pecará (cf. Sir 24, 21). «El campo es el mundo» (Mt 13, 38), dice la Verdad. Excavemos en él y hallaremos el tesoro escondido. Sacémoslo. Porque es la misma sabiduría la que se extrae del escondite. Todos la buscamos, todos la deseamos.
Dice: «Si queréis preguntar, preguntad, convertíos, venid» (Is 21, 12). ¿Me preguntas de qué convertirte? Desvía tu mirada de tus deseos. Y si no la encuentro en mis deseos, ¿dónde puedo encontrar esta sabiduría? Mi alma, en efecto, la desea ardientemente. Si la deseas, ciertamente la encontrarás. Pero no basta con haberla encontrado. Una vez hallada, es necesario verterla en el corazón en buena medida, pisada, agitada y rebosante (cf. Lc 6, 38). Y es justo que sea así. Porque: Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría y obtiene la prudencia (cf. Pro 3, 13). Búscala, pues, mientras puedes encontrarla, y mientras está cerca, invócala. ¿Quieres oír cuán cerca está de ti? Cerca de ti está la palabra en tu corazón y en tu boca (cf. Rm 10, 8), pero solo si la buscas con corazón recto. Así, en efecto, hallarás en el corazón la sabiduría y estarás lleno de prudencia en tu boca; pero cuida de que fluya hacia ti, no de que se desborde o sea rechazada.
Ciertamente has hallado la miel, si has hallado la sabiduría. Solo no comas de ella en exceso, para que no la vomites después de haberte saciado. Come de ella de modo que siempre tengas hambre. Porque la sabiduría dice: «Los que se alimentan de mí aún tendrán hambre» (Sir 24, 20). No hagas demasiado caso de lo que tienes. No comas hasta la saciedad para no vomitar y para que lo que crees tener no te sea arrebatado, porque dejaste de buscar antes de tiempo. En efecto, no se debe desistir de buscar o de invocar la sabiduría, mientras se puede encontrar, mientras está cerca. De lo contrario, según dice el mismo Salomón, así como quien come mucha miel se daña, así también el que quiere escudriñar la majestad divina es aplastado por su gloria (cf. Pro 25, 27). Así como es bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, así también es bienaventurado, o incluso más bienaventurado, el que habita en la sabiduría. Esto, en efecto, atañe quizás a su abundancia.
Ciertamente en estos tres casos sobre tu boca está la abundancia de sabiduría y de prudencia: si en tu boca tienes la confesión de tu iniquidad, si tienes la acción de gracias y el canto de alabanza, y si por último tienes también una conversación edificante. En realidad, «con el corazón se cree para obtener la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación» (Rm 10, 10). Asimismo: El justo se hace su propio acusador desde el principio de su discurso (cf. Pro 18, 12), en el medio debe magnificar a Dios y en un tercer momento debe estar lleno de sabiduría para edificar al prójimo.

De los «Discursos» de san Bernardo, abad