Tú solo eres verdaderamente el Señor: tu dominio sobre nosotros es nuestra salvación y el servirte significa para nosotros ser salvados por ti.
¿Y cuál es tu salvación, oh Señor, al cual pertenece la salvación y la bendición sobre tu pueblo, si no es obtener de ti amarte y ser amado por ti? Por eso, Señor, quisiste que el Hijo de tu diestra y el hombre que por ti hiciste fuerte, fuera llamado Jesús, es decir, Salvador, pues él «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21), y «en ningún otro hay salvación» (Hch 4, 12). Él nos enseñó a amarlo, cuando por primera vez nos amó hasta la muerte de cruz, animándonos con su amor y predilección a amarlo a él, que por primera vez nos amó hasta el fin.
Así es: nos amaste primero, para que te amáramos; no porque necesitaras nuestro amor, sino porque no podíamos ser aquello para lo que nos creaste, si no te amábamos.
Por esto «habló ya en otros tiempos muchas veces y de diversas maneras a los padres por medio de los profetas, pero en estos últimos días nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1, 1), de tu Verbo, por el cual «fueron hechos los cielos, y por el aliento de su boca toda su multitud» (Sal 32, 6). Tu hablar por medio del Hijo no fue otra cosa que poner a la luz del sol, es decir, manifestar claramente, cuánto y cómo nos has amado, tú que no ahorraste a tu Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, y él también nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Rm 8, 32. 37).
Esta es tu Palabra para nosotros, Señor, este es tu Verbo omnipotente, que, mientras un profundo silencio, es decir, una profunda aberración, envolvía todas las cosas, se lanzó desde el trono real, inflexible combatiente de los errores, dulce defensor del amor.
Y cuanto él operó, cuanto dijo en la tierra, hasta los insultos, hasta los escupitajos y los azotes, hasta la cruz y el sepulcro, no fue otra cosa que tu hablar a nosotros por medio del Hijo: estímulo e impulso de tu amor a nuestro amor por ti. Sabías, en efecto, oh Dios creador de las almas, que este amor no podía ser impuesto a las almas de los hijos de los hombres, sino que había que estimularlo simplemente. Y sabías también que donde hay coacción, no hay ya libertad; y donde no hay libertad, no hay tampoco justicia.
Quisiste, pues, que te amáramos nosotros, que no podíamos ser salvados con justicia si no te hubiéramos amado, ni podíamos amarte si no hubiéramos recibido de ti el don. Verdaderamente, Señor, como dice el Apóstol de tu amor y nosotros mismos hemos dicho ya, tú nos amaste primero y tú amas primero a todos los que te aman.
Pero nosotros te amamos con el afecto de amor que tú nos has infundido. Tu amor, en cambio, es tu misma bondad, oh sumamente bueno y sumo bien; es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo; aquel que desde el principio de la creación se cernía sobre las aguas, es decir, sobre las mentes fluctuantes de los hijos de los hombres, donándose a todos, atrayéndolo todo a sí, inspirando, favoreciendo, alejando lo que es nocivo, proviendo lo que es útil, uniendo a Dios con nosotros y a nosotros con Dios.

Del tratado «La contemplación de Dios» de Guillermo, abad de Saint-Thierry