Digámoselo también nosotros a Cristo y repitámoslo: «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Mt 21, 9), «el Rey de Israel» (Mt 27, 42). Elevemos hacia él, como ramos de palmera, las últimas palabras resonadas desde la cruz. Sigámoslo festivamente, no agitando ramitas de olivo, sino honrándolo con nuestra caridad fraterna. Extendamos nuestros deseos casi como mantos para su paso, para que, a través de nuestras aspiraciones, entre en nuestro corazón, se establezca completamente dentro de nosotros, nos transforme totalmente en él y se exprese a sí mismo enteramente en nosotros. Repitamos a Sión aquel mensaje profético: Confía, hija de Sión, no temas: He aquí, a ti viene tu rey humilde, montado en un asno (cf. Zc 9, 9).
Viene el que está presente en todo lugar y llena todas las cosas. Viene para cumplir en ti la salvación de todos. Viene el que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia (cf. Mt 9, 13) para llamarlos de los caminos del pecado. No temas, pues. Hay un Dios en medio de ti; no serás sacudida (cf. Dt 7, 21). Recíbelo con los brazos abiertos. Recibe a aquel que en sus palmas ha trazado la línea de tus murallas y ha puesto tus cimientos con sus propias manos.
Recibe a aquel que en sí mismo acogió todo lo que es propio de la naturaleza humana, excepto el pecado. Alégrate, oh ciudad madre Sión, no temas, «celebra tus fiestas» (Na 2, 1). Glorifica a aquel que por su gran misericordia viene a nosotros por medio de ti. Pero goza también de corazón, hija de Jerusalén, suelta tu canto, mueve el paso a la danza. «Vístete de luz, vístete de luz», gritemos así con Isaías, «porque viene tu luz, la gloria del Señor brilla sobre ti» (Is 60, 1).
Pero ¿qué luz? Aquella que ilumina a todo hombre que viene al mundo (cf. Jn 1, 9). Digo la luz eterna, la luz sin tiempo que ha aparecido en el tiempo. La luz que se ha manifestado en la carne, luz que por su naturaleza es oculta. La luz que envolvió a los pastores y fue guía a los magos en su camino. La luz que estaba en el mundo desde el principio, y por medio de la cual fue hecho el mundo, aquel mundo que no la conoció. La luz que vino entre su gente y que los suyos no la acogieron.
«La gloria del Señor», ¿qué gloria? Sin duda la cruz, sobre la cual Cristo fue glorificado: él, el esplendor de la gloria del Padre, como él mismo llegó a decir en la inminencia de su pasión: Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado, y también Dios ha sido glorificado en él y pronto lo glorificará (cf. Jn 13, 31-32). Llama gloria a su exaltación sobre la cruz. La cruz de Cristo, en efecto, es gloria y es su exaltación. Hecho por el cual dice: «Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12, 32).
De los «Discursos» de San Andrés de Creta, obispo
Viene el que está presente en todo lugar y llena todas las cosas. Viene para cumplir en ti la salvación de todos. Viene el que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia (cf. Mt 9, 13) para llamarlos de los caminos del pecado. No temas, pues. Hay un Dios en medio de ti; no serás sacudida (cf. Dt 7, 21). Recíbelo con los brazos abiertos. Recibe a aquel que en sus palmas ha trazado la línea de tus murallas y ha puesto tus cimientos con sus propias manos.
Recibe a aquel que en sí mismo acogió todo lo que es propio de la naturaleza humana, excepto el pecado. Alégrate, oh ciudad madre Sión, no temas, «celebra tus fiestas» (Na 2, 1). Glorifica a aquel que por su gran misericordia viene a nosotros por medio de ti. Pero goza también de corazón, hija de Jerusalén, suelta tu canto, mueve el paso a la danza. «Vístete de luz, vístete de luz», gritemos así con Isaías, «porque viene tu luz, la gloria del Señor brilla sobre ti» (Is 60, 1).
Pero ¿qué luz? Aquella que ilumina a todo hombre que viene al mundo (cf. Jn 1, 9). Digo la luz eterna, la luz sin tiempo que ha aparecido en el tiempo. La luz que se ha manifestado en la carne, luz que por su naturaleza es oculta. La luz que envolvió a los pastores y fue guía a los magos en su camino. La luz que estaba en el mundo desde el principio, y por medio de la cual fue hecho el mundo, aquel mundo que no la conoció. La luz que vino entre su gente y que los suyos no la acogieron.
«La gloria del Señor», ¿qué gloria? Sin duda la cruz, sobre la cual Cristo fue glorificado: él, el esplendor de la gloria del Padre, como él mismo llegó a decir en la inminencia de su pasión: Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado, y también Dios ha sido glorificado en él y pronto lo glorificará (cf. Jn 13, 31-32). Llama gloria a su exaltación sobre la cruz. La cruz de Cristo, en efecto, es gloria y es su exaltación. Hecho por el cual dice: «Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12, 32).
De los «Discursos» de San Andrés de Creta, obispo