María da gracias a su Señor con el Magníficat
«Alma mía, alaba al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador» (Lc 1, 46). Con estas palabras, María proclama en primer lugar los dones especiales que le fueron concedidos, y luego enumera los beneficios universales con los que Dios no cesó de proveer al género humano para la eternidad.
Alaba al Señor el alma de aquel que dirige a la alabanza y gloria del Señor todo lo que pasa en su mundo interior, de aquel que, observando los preceptos de Dios, demuestra pensar siempre en la potencia de su majestad.
Se regocija en Dios su Salvador el espíritu de aquel que solo se deleita en el recuerdo de su Creador, del cual espera la salvación eterna.
Estas palabras, que están bien en los labios de todas las almas perfectas, eran adecuadas sobre todo a la beata Madre de Dios. Por un privilegio único, ella ardía de amor espiritual por aquel de cuya concepción corporal se alegraba. Con razón pudo regocijarse más que todos los demás santos de una alegría extraordinaria en Jesús, su Salvador. Sabía, en efecto, que el autor eterno de la salvación nacería de su carne, con un nacimiento temporal y, en cuanto única y misma persona, sería al mismo tiempo su hijo y su Señor.
«Grandes cosas me ha hecho el que es poderoso, y santo es su nombre».
Nada, pues, viene de sus méritos, dado que ella atribuye toda su grandeza al don de él, el cual, siendo esencialmente poderoso y grande, suele hacer fuertes y grandes a sus fieles, que son pequeños y débiles. Bien añadió luego: «Y santo es su nombre», para advertir a los oyentes, o mejor, para enseñar a todos aquellos a quienes llegaran sus palabras a tener confianza en su nombre e invocarlo. Así, ellos también podrían gozar de la santidad eterna y de la verdadera salvación, según el dicho profético: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo» (Gl 3, 5).
En efecto, es este mismo el nombre del que antes se dice: «Y mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador».
Por eso, en la santa Iglesia está establecida la costumbre bellísima y utilísima de cantar el himno de María cada día en la salmodia vespertina. Así, la memoria habitual de la encarnación del Señor enciende de amor a los fieles, y la meditación frecuente de los ejemplos de su Madre los confirma firmemente en la virtud. Y pareció bien que esto sucediera de tarde, porque nuestra mente, cansada y distraída en tantas cosas, con la llegada de la hora del descanso se concentrara toda en sí misma.
San Beda el Venerable