Cada vez que celebramos la memoria anual de los mártires, hermanos carísimos, debemos pensar que estamos al servicio de ese mismo Rey, bajo el cual ellos también merecieron combatir y vencer; debemos pensar que somos salvados por el mismo bautismo, por medio del cual ellos también fueron salvados; que saboreamos y somos fortalecidos por los mismos sacramentos que ellos recibían dignamente; que llevamos en la frente la insignia de ese mismo capitán, del cual ellos también portaron felizmente las enseñas.
Por lo tanto, cada vez que deseamos celebrar el día natalicio de los santos mártires, ellos deben reconocer en nosotros algo de sus virtudes, porque se complacen en suplicar por nosotros la misericordia divina. Todo alma ama lo que le es semejante. Si, pues, lo semejante se une a lo semejante, lo que es disímil no puede absolutamente estar junto. He aquí que un nuestro particular santo, cuya festividad deseamos celebrar con alegría, fue sobrio: ¿cómo podrá unirse a él quien tiene el vicio de la bebida? ¿Qué comunión podrá tener el humilde con el soberbio, el benevolente con el envidioso, el generoso con el avaro, el manso con el iracundo? Un bienaventurado mártir ciertamente fue casto: ¿cómo puede asociarse a él un adúltero? Si los gloriosos mártires, hermanos carísimos, distribuyeron a los pobres también sus propios bienes, ¿cómo podrán ser sus amigos aquellos que hacen saqueo de los bienes ajenos? Los santos mártires se preocuparon de amar también a los enemigos: ¿cómo serán partícipes con ellos aquellos que a veces no quieren corresponder al afecto ni siquiera de los amigos? No seamos, pues, perezosos, hermanos carísimos, en imitar a los santos mártires en lo que podamos, para que por sus méritos y sus oraciones merezcamos ser liberados de todos los pecados.
Alguien podría objetar: «¿Y quién es capaz de imitar a los santos mártires?». Aunque no en todo, sin embargo en muchas cosas, con la ayuda de Dios, podemos y debemos. ¿No eres capaz de soportar las llamas? Puedes evitar la lujuria.
¿No eres capaz de soportar el hierro que lacera? Desprecia la avaricia, que te empuja a negocios iniquos y a ganancias impías. En efecto, si eres vencido por los placeres, ¿cómo no serás quebrantado por las pruebas más duras? También la paz tiene sus mártires. En efecto, vencer la ira, rechazar la envidia como veneno de víboras, domar la soberbia, alejar el odio del corazón, frenar los apetitos superfluos de la gula, no entregarse a la bebida, todo esto es una gran parte del martirio.
Y cada vez y en cualquier lugar donde te parezca que está en peligro una causa justa, si das testimonio a su favor, eres un mártir. Y puesto que Cristo es justicia y verdad, en cualquier lugar donde la justicia o la verdad o la castidad estén amenazadas, si tú las defenderás con todas tus fuerzas, recibirás la recompensa de los mártires. Y puesto que mártir significa «testigo», quien habrá dado testimonio de la verdad, sin duda será un mártir de Cristo, que es la verdad.

De los «Discursos» de san Cesario de Arles, obispo