Éste es nuestro orgullo: el testimonio de la conciencia (cf. 2 Cor 1, 12). Hay hombres temerarios, detractores, delatores, murmuradores, que tratan de conjeturar lo que no ven y se esfuerzan incluso en difundir aquello que ni siquiera son capaces de sospechar. Contra estos, ¿qué queda, sino el testimonio de nuestra conciencia? En efecto, hermanos, ni siquiera en aquellos a quienes queremos agradar, nosotros, pastores de almas, buscamos ni debemos buscar nuestra gloria, sino que miramos a su salvación, de modo que, si nos comportamos rectamente, ellos no se desvíen en el intento de seguirnos. Sean nuestros imitadores, solo si al menos nosotros somos imitadores de Cristo. Si en cambio no somos imitadores de Cristo, que al menos lo sean ellos. Él, en efecto, apacienta su rebaño y, con todos aquellos que apacientan como es debido su rebaño, está él solo, porque todos están en él.
No busquemos, pues, nuestro interés cuando queremos agradar a los hombres, sino que queramos alegrarnos con los hombres, y estemos contentos de que a ellos les agrade el bien, por su utilidad y no por nuestra gloria. Contra quién haya dicho el Apóstol: Si todavía agradara a los hombres, no sería ya siervo de Cristo (cf. Gal 1, 10), es evidente. Y para quién haya dicho: Buscad agradar a todos en todo, como yo busco agradar a todos por medio de todas las cosas (cf. 1 Cor 10, 33), es igualmente evidente. Ambas cosas son evidentes, ambas pacíficas, ambas simples, ambas claras. Tú, sin embargo, come y bebe solamente, no pisees ni enturbies lo que comes y lo que bebes.
Ciertamente has oído también al mismo Señor Jesucristo, maestro de los apóstoles: «Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16), es decir, a aquel que os ha hecho tales. Nosotros, en efecto, somos el pueblo de su pastoreo, el rebaño que él conduce (cf. Sal 94, 7). Sea, pues, alabado aquel que te ha hecho bueno, si eres bueno. No eres tú, porque, por ti mismo, no habrías podido ser sino malo. ¿Por qué, entonces, querrías pervertir la verdad pretendiendo elogios cuando haces el bien, y echando sobre el Señor la vergüenza cuando operas mal?
Ciertamente quien dijo: «Así brille vuestra luz delante de los hombres» (Mt 5, 16), ha afirmado igualmente en el mismo discurso: «Guardaos de practicar vuestras buenas obras delante de los hombres» (Mt 6, 1). Pero como estas enseñanzas te parecían contradictorias en el Apóstol, así ocurre en el evangelio. Si, sin embargo, no enturbias el agua de tu corazón, también aquí reconocerás la armonía de las Escrituras y también tú estarás en plena armonía con ellas.
Busquemos, pues, hermanos, no solamente de vivir bien, sino también de comportarnos bien delante de los hombres. No tendamos solo a tener una recta conciencia, sino que, por cuanto lo comporta nuestra debilidad y lo permite la fragilidad humana, sea también nuestro firme empeño no hacer nada que pueda despertar una mala sospecha en el hermano débil. Mientras comemos buenas hierbas y bebemos aguas limpias, no piseemos los pastos de Dios, para que las ovejas enfermas no tengan que comer lo que ha sido pisado, y beber lo que ha sido enturbiado.
San Agustín, obispo