Destruid este templo, y en tres días lo haré levantarse» (Jn 2, 19). Los hombres groseros y limitados a la pura esfera material me parecen simbolizados por aquellos judíos que se irritaron porque Jesús echó a los vendedores de la casa de su Padre. Pedían una señal como prueba de que actuaba con justicia y que obraba como Hijo de Dios, cosa que ellos, en su incredulidad, no querían admitir. Pero el Salvador respondió uniendo figura y realidad, es decir, el templo y su cuerpo. A los que le preguntaban: «¿Qué señal nos muestras para hacer estas cosas?», dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo haré levantarse». Ambos, tanto el templo como el cuerpo de Jesús, según una interpretación posible, me parecen figura de la Iglesia. Esta, en efecto, está edificada con piedras vivas. Se ha convertido en «un edificio espiritual para un sacerdocio santo» (1 Pe 2, 5). Está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como piedra angular al mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20) y por eso se llama templo. Es cierto, sin embargo, también que «vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros suyos, cada uno en su parte» (1 Cor 12, 27). Si así es, puede bien ser destruido lo que une las piedras del templo. Puede ciertamente ocurrir que estas piedras sean dispersas, como está escrito en el salmo 21, lo que significa, fuera de la metáfora, que los huesos de Cristo pueden ser desordenados por las tribulaciones y las persecuciones de aquellos que combaten la unidad del templo. Sin embargo, el templo será reedificado y el cuerpo resucitará al tercer día, es decir, después del día de su tribulación y después del día siguiente, que es el día de la consumación.
     Habrá efectivamente un tercer día en el cielo nuevo y en la tierra nueva, cuando estos huesos, que son la casa de Israel, en el gran día del Señor serán reanimados en consecuencia de su victoria sobre la muerte. Así, la resurrección de Cristo, seguida de los sufrimientos de la cruz, encierra el misterio de la resurrección de todo el cuerpo de Cristo. El cuerpo sensible de Jesús fue crucificado y sepultado y después resucitó. Así, todo el cuerpo de los santos de Cristo viene primero clavado en la cruz con Cristo y de cierto modo cesa de vivir. En efecto, como Pablo, cada uno de nosotros no debe gloriarse sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual él está crucificado al mundo y el mundo a él.
     Cada uno de nosotros no solo fue crucificado junto con Cristo y crucificado al mundo, sino que también fue sepultado junto con Cristo. En efecto, «fuimos sepultados con él», dice Pablo (Rm 6, 4). Él, sin embargo, añade, como si ya poseyera una cierta arras de la resurrección: Y con él también nosotros hemos resucitado (cf. Rm 6,4).

Del "Comentario sobre Juan" de Orígenes, sacerdote