«Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19). Aquí hay que subrayar dos cosas. La primera es el mandato de usar este sacramento, cuando dice: «Haced esto». La segunda es que sea el memorial del Señor que va a la muerte por nosotros.
Dice, pues: «Haced esto». En efecto, no se podía mandar nada más útil, nada más dulce, nada más saludable, nada más amable, nada más semejante a la vida eterna.
Esforcémonos por considerar una por una todas estas cualidades.
En primer lugar, la Eucaristía es útil para la remisión de los pecados para quien está muerto espiritualmente, y utilísima para el aumento de la gracia para quien está vivo espiritualmente. El Salvador de nuestras almas nos instruye sobre lo que es útil para recibir su santificación.
Ahora bien, su santificación consiste en su sacrificio, en cuanto que en la oblación sacramental se ofrece por nosotros al Padre, y se ofrece a nosotros en comunión. «Por ellos me consagro a mí mismo» (Jn 17, 19). Cristo, que por medio del Espíritu Santo se ofreció a Dios sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios viviente (cf. He 9, 14).
Nada podemos hacer más dulce. ¿Qué podría haber, en efecto, más delicioso que el sacramento que contiene todas las delicias divinas? «Del cielo les ofreciste un pan preparado sin esfuerzo, lleno de toda delicia y agradable a todo gusto. Este tu alimento manifestaba tu dulzura hacia tus hijos; se adaptaba al gusto de quien lo comía, se transformaba en lo que cada uno deseaba» (Sb 16, 20- 21).
Nada podía ser mandado más saludable. Este sacramento, en efecto, es el fruto del árbol de la vida. Si alguien lo recibe con devoción y fe sincera, no sabrá la muerte en la eternidad. «Es árbol de vida para quien se aferra a él, y quien se aprieta a él es bienaventurado» (Pr 3, 18); «El que come de mí vivirá por mí» (Jn 6, 57).
Nada podía ser mandado más amable. Este, en efecto, es el sacramento que crea el amor y la unión. Es signo del máximo amor darse a sí mismo como alimento. «¿No decía la gente de mi tienda: A quién no ha dado de sus carnes para saciarse?» (Job 31, 31); como si hubiera dicho: tanto los he amado a ellos y ellos a mí, que yo quería encontrarme dentro de ellos y ellos recibirme en sí, de modo que, incorporados a mí, se convirtieran en mis miembros. En efecto, no podían unirse más íntimamente y más naturalmente a mí, ni yo a ellos. Nada, en fin, podía ser mandado más connatural a la vida eterna. En efecto, la vida eterna existe y dura porque Dios se comunica con toda su felicidad a los santos que viven en la condición de bienaventurados.

Del «Comentario al evangelio de Lucas» de San Alberto Magno, obispo