El cristiano come el pan del cielo y bebe la vida misma
Va', come con alegría tu pan, bebe con corazón alegre tu vino porque Dios ya ha aprobado tus obras (Qo 9, 7).
Podríamos tomar estas palabras como una segura y sana norma de sabiduría humana para la vida de todos los días. Sin embargo, la explicación anagógica nos lleva a una consideración más alta, y nos enseña a considerar el pan celestial y místico que ha descendido del cielo y ha traído la vida al mundo. Así también beber el vino espiritual con corazón sereno significa saciarse de aquel vino que salió del costado de la verdadera vid, en el momento de su pasión salvífica. De ellos habla así el evangelio de nuestra salvación: Habiendo tomado pan, después de haberlo bendecido, Jesús dijo a sus discípulos: Tomad y comed: esto es mi cuerpo, ofrecido en sacrificio por vosotros en remisión de los pecados. De igual modo tomó también la copa y dijo: Bebed de ella todos: esto es mi sangre de la nueva alianza, derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados (cfr. Mt 26, 26-28). Por lo tanto, aquellos que comen este pan y beben este vino místico se gozan y exultan y pueden exclamar a gran voz: Has puesto alegría en nuestro corazón (cfr. Sal 4, 7).
A mi juicio, es precisamente a este pan y a este vino a los que se refiere la Sabiduría de Dios subsistente, es decir, Cristo nuestro salvador, cuando nos invita a la comunión vital con él mismo, Verbo divino. Lo hace con las palabras del libro de los Proverbios: «Venid, comed de mi pan, bebed el vino que yo he preparado» (Pro 9, 5). Aquellos a quienes se dirige esta invitación, deben realizar obras de luz, de modo que tengan sus almas resplandecientes no menos que la luz misma, como dice el Señor en el evangelio: «Así resplandezca vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). Antes bien, en tal caso verán descender sobre su cabeza también el aceite, es decir, el Espíritu de verdad, que los protegerá y los preservará de todo maleficio de pecado.
San Gregorio de Agrigento, obispo