Mientras luchamos y combatimos la batalla de la fe, Dios nos mira, nos miran sus ángeles, nos mira también Cristo. ¡Qué gran honor y qué felicidad combatir bajo la mirada de Dios, ser coronados por Cristo Juez!
Armemos, hermanos carísimos, reunamos todas las fuerzas y dispongámonos a la batalla con ánimo íntegro, con fe plena y con virtudes sólidas. Avancen así todas las huestes de Dios hacia el combate que deben sostener.
El Apóstol nos enseña a armarnos y a prepararnos diciendo: «Cintados los lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, y teniendo como calzado en los pies el celo para propagar el evangelio de la paz, tened siempre en la mano el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno. Tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6, 14-17).
Tomemos estas armas, munámonos de estas defensas espirituales y celestiales para poder resistir y rechazar los asaltos del diablo en el día del mal.
Revestámonos de la coraza de la justicia, para que nuestro pecho esté defendido y protegido contra los golpes del enemigo. Sean calzados y provistos nuestros pies de la enseñanza evangélica. Comenzando así a pisar y aplastar a la serpiente, no seremos mordidos ni vencidos por ella. Sostengamos firmemente el escudo de la fe, para que contra él se extinga todo dardo encendido que el enemigo nos lanza encima.
Tomemos también para la protección de la cabeza el yelmo espiritual, para defender nuestros oídos de escuchar palabras mortíferas, nuestros ojos de imágenes detestables. Esté a prueba la frente para conservar inviolado el signo de Dios, nuestra boca para confesar victoriosamente al Señor Jesucristo.
Armemos también nuestra diestra con la espada espiritual, para que rechace vigorosamente los sacrificios inmundos y, memoria de la Eucaristía, tome el cuerpo del Señor, lo estreche en espera de recibir luego de Dios el premio de las coronas celestiales.
Estas cosas, hermanos carísimos, permanezcan en vuestros corazones. Si, mientras pensamos y meditamos estas cosas, llegará el día de la persecución, el soldado de Cristo, instruido por sus preceptos y sus amonestaciones, no temerá la batalla, sino que estará preparado para la corona.

De las «Cartas» de san Cipriano, obispo y mártir