Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis asumido una naturaleza semejante a la del Hijo de Dios. El Dios, que nos predestinó a ser sus hijos adoptivos, nos ha hecho conformes al cuerpo glorioso de Cristo.
Habiendo sido hechos partícipes de Cristo, no sin razón sois llamados «cristos», es decir, «consagrados», por lo que de vosotros Dios ha dicho: «No toquéis a mis consagrados» (Sal 104, 15).
Os habéis hecho «consagrados» cuando habéis recibido el signo del Espíritu Santo. Todo se ha realizado para vosotros en símbolo, dado que sois imagen de Cristo. Él, bautizado en el río Jordán, después de haber comunicado a las aguas los fragantes efluvios de su divinidad, salió de ellas y sobre él tuvo lugar la descenso del consustancial Espíritu Santo: el Igual se posó sobre el Igual.
También a vosotros, después de haber emergido de las sagradas aguas, os ha sido dado el crisma, del cual era figura aquel que ungió al Cristo, es decir, el Espíritu Santo. De él también el gran Isaías, hablando en persona del Señor, dice en la profecía que lo concierne: «El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado con la unción; me ha enviado a llevar la buena noticia a los afligidos» (Is 61, 1).
Cristo no fue ungido por los hombres con aceite u otro ungüento material, sino que el Padre lo ha ungido con Espíritu Santo, preestableciéndolo salvador de todo el mundo, como dice Pedro: Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo (cf. Hch 10, 38). Y el profeta David proclama: «Tu trono, Dios, dura por los siglos; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Amas la justicia y abominas la iniquidad; Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría, a preferencia de tus compañeros» (Sal 44, 7-8).
Él fue ungido con espiritual óleo de alegría, es decir, con el Espíritu Santo, el cual es llamado óleo de alegría, porque es él el autor de la alegría espiritual. Vosotros, en cambio, habéis sido ungidos con el crisma, volviéndoos así partícipes de Cristo y solidarios con él.
Guardaos bien de considerar este crisma como un puro y ordinario ungüento. Santo es este ungüento y no ya puro y simple aceite. Después de la consagración no es ya aceite ordinario, sino don de Cristo y del Espíritu Santo. Ha devenido eficaz por la presencia de su divinidad y viene untado sobre tu frente y sobre tus otros sentidos con valor sacramental. Así, mientras el cuerpo es ungido con el ungüento visible, el alma es santificada por el santo y vivificante Espíritu.
De las «Catequesis» de San Cirilo de Jerusalén
Habiendo sido hechos partícipes de Cristo, no sin razón sois llamados «cristos», es decir, «consagrados», por lo que de vosotros Dios ha dicho: «No toquéis a mis consagrados» (Sal 104, 15).
Os habéis hecho «consagrados» cuando habéis recibido el signo del Espíritu Santo. Todo se ha realizado para vosotros en símbolo, dado que sois imagen de Cristo. Él, bautizado en el río Jordán, después de haber comunicado a las aguas los fragantes efluvios de su divinidad, salió de ellas y sobre él tuvo lugar la descenso del consustancial Espíritu Santo: el Igual se posó sobre el Igual.
También a vosotros, después de haber emergido de las sagradas aguas, os ha sido dado el crisma, del cual era figura aquel que ungió al Cristo, es decir, el Espíritu Santo. De él también el gran Isaías, hablando en persona del Señor, dice en la profecía que lo concierne: «El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado con la unción; me ha enviado a llevar la buena noticia a los afligidos» (Is 61, 1).
Cristo no fue ungido por los hombres con aceite u otro ungüento material, sino que el Padre lo ha ungido con Espíritu Santo, preestableciéndolo salvador de todo el mundo, como dice Pedro: Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo (cf. Hch 10, 38). Y el profeta David proclama: «Tu trono, Dios, dura por los siglos; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Amas la justicia y abominas la iniquidad; Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría, a preferencia de tus compañeros» (Sal 44, 7-8).
Él fue ungido con espiritual óleo de alegría, es decir, con el Espíritu Santo, el cual es llamado óleo de alegría, porque es él el autor de la alegría espiritual. Vosotros, en cambio, habéis sido ungidos con el crisma, volviéndoos así partícipes de Cristo y solidarios con él.
Guardaos bien de considerar este crisma como un puro y ordinario ungüento. Santo es este ungüento y no ya puro y simple aceite. Después de la consagración no es ya aceite ordinario, sino don de Cristo y del Espíritu Santo. Ha devenido eficaz por la presencia de su divinidad y viene untado sobre tu frente y sobre tus otros sentidos con valor sacramental. Así, mientras el cuerpo es ungido con el ungüento visible, el alma es santificada por el santo y vivificante Espíritu.
De las «Catequesis» de San Cirilo de Jerusalén