El alma en gracia de Dios hace resplandecer el cuerpo

Me dirijo a ti, que vienes del Pueblo, de la gente común, pero perteneces a la hueste de las vírgenes. En ti el esplendor del alma se irradia sobre la gracia exterior de la persona. Por eso eres una imagen fiel de la Iglesia.

A ti digo: encerrada en tu habitación, no dejes nunca de mantener fijo el pensamiento en Cristo, también de noche. Antes bien, permanece en todo instante en espera de su visita. Esto es lo que él desea de ti, por eso te ha elegido. Él entrará si encuentra abierta tu puerta. Ten por seguro que ha prometido venir y no faltarán a su palabra. Cuando venga, al que has buscado, ábrele los brazos, familiarízate con él y serás iluminada. Reténlo, ruega que no se vaya pronto, suplícale que no se aleje. El Verbo de Dios, en efecto, corre, no siente fatiga, no es tomado por la negligencia. Tu alma le vaya al encuentro sobre su palabra, y se detenga luego sobre la huella dejada por su divino hablar: él pasa pronto.

¿Y la virgen, por su parte, qué dice? Lo busqué, pero no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió (cf. Ct 5,6). Si tan pronto se ha ido, no creas que él no está contento de ti, que lo invocaste, lo suplicaste, le abriste la puerta: a menudo él permite que seamos puestos a prueba. Mira lo que dice en el evangelio a las multitudes que le pedían que no se fuera: Es necesario que anuncie la palabra de Dios también en otras ciudades, porque para esto he sido enviado (cf. Lc 4,43).

Ma también si te parece que se ha ido, ve a buscarlo de nuevo.
Es de la santa Iglesia de donde debes aprender a retener a Cristo. Antes bien, ya te lo ha enseñado si comprendes bien lo que lees: Apenas había sobrepasado a las guardias, cuando hallé al amado de mi alma. Lo estreché fuertemente y no lo dejaré (cf. Ct 3,4). ¿Cuáles son, pues, los medios para retener a Cristo? No la violencia de las cadenas, no las ataduras de las cuerdas, sino los vínculos de la caridad, los lazos del espíritu. Lo retiene el amor del alma.

Si tú también quieres poseer a Cristo, búscalo incesantemente y no temas el sufrimiento. Es más fácil a menudo encontrarlo entre los suplicios del cuerpo, entre las manos de los perseguidores. Ella dice: Poco tiempo había transcurrido desde que las había sobrepasado. En efecto, una vez libre de las manos de los perseguidores y victoriosa sobre los poderes del mal, de inmediato, al instante te vendrá al encuentro Cristo, y no permitirá que se prolongue tu prueba.

La que así busca a Cristo, la que ha hallado a Cristo, puede decir: Lo estreché fuertemente y no lo dejaré hasta que lo haya conducido a la casa de mi madre, a la cámara de mi genetriz (cf. Ct 3,4). ¿Qué es la casa, la cámara de tu madre, si no el santuario más íntimo de tu ser?
Guarda esta casa, purifica su interior. Hecha perfectamente limpia, y ya no contaminada por las fealdades de la infidelidad, surja como casa espiritual, cimentada con la piedra angular, se eleve en un sacerdocio santo, y el Espíritu Paráclito habite en ella. La que busca a Cristo de este modo, la que así reza a Cristo, no es abandonada por él, antes bien recibe frecuentes visitas. Él, en efecto, está con nosotros hasta el fin del mundo.

San Ambrosio